El mago de Oz
El mago de Oz La mañana siguiente amaneció nublado, pero partieron de todos modos, como si estuvieran seguros de su derrotero.–Si caminamos lo suficiente, alguna vez llegaremos a alguna parte -dijo Dorothy.Pero pasaron los dÃas sin que vieran ante ellos otra cosa que los campos cubiertos de flores. El Espantapájaros empezó a refunfuñar.–Es seguro que nos hemos extraviado -dijo-, y a menos que encontremos el rumbo a tiempo para llegar a la Ciudad Esmeralda, jamás conseguiré mi cerebro.–Ni yo mi corazón -declaró el Leñador-. Estoy impaciente por ver de nuevo a Oz, y la verdad es que este viaje se está haciendo muy largo.–Por mi parte -gimió el León Cobarde-, no tengo valor para seguir caminando sin llegar a ninguna parte.Al oÃr esto, Dorothy perdió el ánimo, se sentó en la hierba y miró a sus compañeros, los que también se sentaron a su alrededor. En cuanto a Toto, por primera vez en su vida estaba demasiado cansado para perseguir a una mariposa que pasó rozándole la cabeza. El pobre perrito sacó la lengua, se puso a jadear y miro a su amita como preguntándole qué podrÃan hacer.–¿Y si llamáramos a los ratones? -dijo ella-. Probablemente conozcan el camino que lleva a la Ciudad Esmeralda.–Seguro que sÃ-exclamó el Espantapájaros-. ¿Cómo no se nos ocurrió antes?Dorothy hizo sonar el silbato que le habÃa regalado la Reina de los Ratones, y en pocos minutos se oyó el ruido de muchÃsimas patitas, luego de lo cual vieron una multitud de ratones. Entre ellos estaba la Reina, quien preguntó con su vocecita aflautada:–¿En qué podemos servirles, amigos mÃos?–Nos hemos perdido -le dijo Dorothy-. ¿Puedes decirnos dónde está la Ciudad Esmeralda?–Claro que sà -fue la respuesta-. Pero está muy lejos; ustedes han viajado en dirección contraria todo el tiempo. -Entonces la Reina observó el Gorro de Oro que tenÃa puesto Dorothy y agregó-: ¿Por qué no empleas la magia del Gorro y llamas a los Monos Alados? Ellos los llevarán a la Ciudad de Oz en menos de una hora.–Ignoraba que el Gorro fuera mágico -contestó Dorothy, muy sorprendida-. ¿Cómo es esa magia?–Está escrita dentro del Gorro de Oro -le informó la Reina-. Pero si vas a llamar a los Monos Alados tendremos que huir, pues son muy traviesos y les divierte molestarnos.–¿No me harán daño a mÃ? -preguntó la niña en tono preocupado.–No. Deben obedecer a quien tiene puesto el Gorro. ¡Adiós!Asà diciendo, salió a escape, seguida por todos sus vasallos.Al mirar el interior del Gorro, Dorothy vio algunas palabras escritas en el forro. Como supuso que serÃan la fórmula mágica, las leyó con gran atención y volvió a ponérselo.–¡Epe, pepe, kake! -dijo, parada sobre su pie izquierdo.–¿Qué dijiste? -preguntó el Espantapájaros, quien ignoraba lo que la niña estaba haciendo.–¡Jilo, jolo, jalo! -continuó Dorothy, parada ahora sobre su pie derecho.–¡Vaya! -exclamó el Leñador.–¡Zizi, zuzi, zik! -agregó Dorothy, quien se hallaba al fin sobre sus dos pies.Con esto terminó la fórmula mágica y en seguida oyeron un gran batir de alas al aparecer sobre ellos los Monos Alados.El Rey se inclinó profundamente ante la niña y le dijo: -¿Qué nos ordenas?–Deseamos ir a la Ciudad Esmeralda y nos hemos extraviado -replicó Dorothy.–Los llevaremos nosotros -manifestó el Rey.No habÃa acabado de hablar cuando ya dos de los monos tomaron a Dorothy en sus brazos y se alejaron volando con ella. Otros se apoderaron del Espantapájaros, del Leñador y del León, y uno más pequeño tomó a Toto y voló tras los otros, aunque el perro se esforzaba por morderlo.El Espantapájaros y el Leñador se asustaron un poco al principio, porque recordaban lo mal que los habÃan tratado antes los Monos Alados; pero luego vieron que no pensaban hacerles daño, de modo que se tranquilizaron y empezaron a gozar del viaje y de la magnÃfica vista que se presentaba ante sus ojos asombrados.Dorothy se encontró viajando cómodamente entre dos de los Monos más grandes, uno de ellos el mismÃsimo Rey. Ambos habÃan formado una sillita con los dedos entrelazados y la llevaban con gran suavidad.–¿Porqué tienen que obedecer a la magia del Gorro de Oro? -preguntó ella.–Es largo de contar -contestó el Rey, soltando una risita-. Pero como el viaje también será largo, ocuparé el tiempo en relatarte la historia si asà lo deseas.–La escucharé con mucho gusto.–En otra época éramos un pueblo libre -comenzó el Rey-. VivÃamos felices en el bosque, saltando de rama en rama, comiendo nueces y frutas y haciendo lo que nos venÃa en gana sin tener que obedecer a ningún amo. Quizás algunos de nosotros éramos un poco traviesos y bajábamos para tirar de la cola a los animales sin alas, o perseguÃamos a los pájaros y arrojábamos nueces a las personas que caminaban por el bosque. Pero vivÃamos felices y contentos, y gozábamos de cada minuto de nuestros dÃas. Esto ocurrió hace muchÃsimos años, mucho antes de que Oz llegara por entre las nubes para gobernar esta tierra."En aquel entonces vivÃa en el Norte una hermosa princesa que era también poderosa hechicera, pero usaba su magia para ayudar a la gente y jamás hizo daño a nadie que fuera bueno. Se llamaba Gayelette y vivÃa en un hermoso palacio construido con grandes bloques de rubÃ. Todos la amaban, pero su mayor pena era que no podÃa hallar a nadie a quien amar a su vez, ya que todos los hombres eran demasiado estúpidos y feos para casarse con una mujer tan hermosa y sabia. Empero, al fin halló a un joven muy apuesto y mucho más sabio que otros de su edad. Gayelette decidió que cuando se hiciera hombre lo convertirÃa en su esposo, de modo que lo llevó a su palacio de rubà y empleó todos sus poderes mágicos para hacerlo tan gallardo, bueno y amable como pudiera desearlo cualquier mujer. Cuando llegó a la madurez, Quelala, como se llamaba el joven, habÃa llegado a ser el hombre más sabio de toda la tierra, mientras que su belleza era tan grande que Gayelette lo amaba con locura, por lo cual se apresuró a prepararlo todo para la boda."Mi abuelo era por aquel entonces el Rey de los Monos Alados que vivÃan en el bosque próximo al palacio de Gayelette, y al viejo le gustaban más las bromas que darse un buen banquete. Un dÃa, poco antes de la boda, mi abuelo estaba volando con su banda cuando vio a Quelala caminando por la orilla del rÃo. El mozo vestÃa un lujoso traje de seda rosada y terciopelo púrpura, y a mi abuelo se le ocurrió ver cómo reaccionaba a sus bromas, asà que bajó con su banda, se apoderó de Quelala, lo llevó consigo hasta el centro del rÃo y allà lo dejó caer al agua."-Nada un poco, amigo -le gritó mi abuelo-, y fÃjate si el agua te ha manchado las ropas."Quelala era demasiado prudente como para no nadar, y en nada le habÃa afectado su buena fortuna. Se echó a reÃr al sacar la cabeza a la superficie y fue nadando hasta la costa. Pero cuando Gayelette fue corriendo hacia él, vio que el agua le habÃa arruinado sus lujosos ropajes."La princesa se puso furiosa, y, por cierto, no ignoraba quién era el culpable, de modo que hizo presentarse ante ella a todos los Monos Alados y dijo al principio que se les deberÃan atar las alas y arrojarlos al rÃo, tal como ellos lo habÃan hecho con Quelala. Pero mi abuelo rogó con gran humildad que los perdonara, pues sabÃa que los Monos se ahogarÃan en el rÃo con las alas atadas. Por su parte, Quelala intercedió en favor de ellos, de modo que Gayelette les perdonó al fin, con la condición de que los Monos Alados deberÃan de allà en adelante obedecer por tres veces al poseedor del Gorro de Oro. Este Gorro se habÃa confeccionado como regalo de bodas para Quelala, y se comentaba que habÃa costado a la princesa un equivalente a la mitad de su reino. Claro que mi abuelo y todos sus súbditos accedieron sin vacilar, y es asà como ocurre que somos tres veces esclavos del poseedor del Gorro de Oro, sea éste quien fuere.–¿Y qué fue de ellos? -preguntó Dorothy, que le habÃa escuchado con profundo interés.–Como Quelala fue el primer dueño del Gorro de Oro -contestó el Mono-, también fue el primero en imponernos sus deseos. Debido a que su esposa no podÃa soportarnos cerca, después que se hubieron casado, él nos llamó al bosque y nos ordenó que nos mantuviéramos siempre alejados de Gayelette, cosa que nos alegramos mucho de hacer, pues todos le temÃamos."Esto fue todo lo que tuvimos que hacer hasta que el Gorro de Oro cayó en manos de la Maligna Bruja de Occidente, quien nos obligó a esclavizar a los Winkies y después a arrojar al mismÃsimo Oz de la tierra de Occidente. Ahora el Gorro es tuyo, y por tres veces tienes el derecho de imponernos tu voluntad.Al terminar el Mono su relato, Dorothy miró hacia abajo y vio los relucientes muros verdosos de la Ciudad Esmeralda. Aunque se maravilló por lo veloz del viaje, le alegró también que éste hubiera finalizado. Los extraños simios bajaron suavemente a los viajeros frente a la puerta de la ciudad, el Rey se inclinó ante Dorothy y luego se alejó volando a toda velocidad, seguido por todo su grupo.–Ha sido un magnÃfico paseo -comentó la niña.–SÃ, y una forma muy rápida de salir de apuros -dijo el León-. Fue una suerte que te llevaras contigo ese Gorro maravilloso.