El mago de Oz
El mago de Oz El Espantapájaros se quedó mirando al Leñador mientras éste trabajaba.–No se me ocurre por qué razón está aquà este muro ni de qué está hecho -le dijo.–No canses tu cerebro ni pienses en el muro -repuso el Leñador-. Cuando lo hayamos salvado, ya sabremos lo que hay detrás de él.Al cabo de un tiempo estuvo lista la escalera, que parecÃa un tanto rústica, aunque el Leñador afirmó que era fuerte y servirÃa para lo que la necesitaban. El Espantapájaros despertó a los durmientes y les dijo que ya tenÃan los medios para subir a lo alto del muro. El mismo subió primero, pero lo hizo con tanta torpeza que Dorothy tuvo que seguirlo de cerca a fin de evitar que se cayera. Cuando su cabeza sobrepasó la parte superior de la pared, el hombre de paja exclamó:–¡Cielos!Siguió subiendo y se sentó en lo alto del muro, mientras que Dorothy ascendÃa tras él y exclamaba también:–¡Cielos!Después subió Toto y en seguida empezó a ladrar, pero Dorothy le hizo callar al instante.Después subió el León y el último fue el Leñador, y ambos exclamaron "¡Cielos!", como los otros, no bien hubieron mirado por encima del muro. Cuando se hallaban todos sentados en lo alto, formando una hilera, miraron hacia abajo y vieron un espectáculo sumamente extraño.Ante ellos se extendÃa una región cuyo suelo era tan suave, reluciente y blanco como la superficie de un gran plato. Diseminadas por los alrededores habÃa numerosas casas de porcelana pintadas de los colores más vivos que pueda uno imaginar. Las viviendas eran pequeñas, y el techo de la más alta difÃcilmente podrÃa llegar a la cintura de Dorothy. VeÃanse también bonitos graneros rodeados por cercas de porcelana, y abundaban las vacas, ovejas, caballos, cerdos y gallinas, todos del mismo material.Pero lo más extraño de todo eran las personas que vivÃan en aquella región de maravillas. HabÃa jovencitas que cuidaban las vacas y otras encargadas de las ovejas, todas ataviadas con vestidos de brillantes colores salpicados de lunares dorados, y princesas de vistosos ropajes de plata, oro y púrpura, y pastores con calzones hasta las rodillas, pintados de rosa, amarillo y azul, y prÃncipes tocados de coronas enjoyadas y luciendo capas de armiño y jubones de satén, y cómicos payasos de raras vestimentas, mejillas pintadas y extraños gorros cónicos. Pero lo más extraño era que toda aquella gente estaba hecha de porcelana, y el más alto de ellos apenas si alcanzaba a la altura de la rodilla de Dorothy.Al principio ninguno prestó atención a los viajeros, salvo un diminuto perro de porcelana púrpura que se acercó al muro y les ladró con voz apenas audible, luego de lo cual se alejó corriendo.–¿Cómo bajamos? -preguntó Dorothy.La escala era tan pesada que no pudieron levantarla, de modo que el Espantapájaros se dejó caer a tierra y los otros saltaron sobre él a fin de que el duro suelo no les dañara los pies. Cuando estuvieron todos abajo, levantaron al Espantapájaros, que estaba completamente aplastado, y le dieron forma de nuevo.–Tenemos que cruzar este lugar tan extraño si queremos llegar al otro lado -dijo Dorothy-. No serÃa prudente tomar otro rumbo que no sea el más directo hacia el sur.Empezaron a marchar por el paÃs de porcelana y lo primero con que se encontraron fue una delicada jovencita de porcelana que estaba ordeñando una vaca. Cuando se acercaron, la vaca coceó de pronto y derribó el banquillo, el balde y aun a la j oven, y todo ello cayó al piso de porcelana con gran estrépito.A Dorothy le dolió mucho ver que la vaca habÃase roto una pata, y que el balde estaba hecho añicos, mientras que la pobre doncella tenÃa roto el codo izquierdo.–¡Ea! -exclamó la joven en tono indignado-. ¡Mira lo que has hecho! A mi vaca se le ha roto una pata y tendré que llevarla al remendón para que se la pegue. ¿Cómo te atreves a venir aquà y asustar asà a mi animal?–Lo siento muchÃsimo -contestó Dorothy-. Te ruego que nos perdones.Pero la bonita doncella estaba demasiado enfadada para responder. Levantó la pata rota y, sin decir palabra, se llevó a su vaca que cojeaba sobre sus tres patas restantes. Al alejarse lanzó varias miradas de reproche por sobre el hombro a los torpes forasteros.Dorothy sintióse bastante apenada por el accidente.–Tendremos que ser muy cuidadosos en este paÃs -dijo el bondadoso Leñador-. De otro modo podrÃamos lastimar sin remedio a sus bonitos habitantes.Un poco más adelante Dorothy se encontró con una princesa maravillosamente vestida, la que se detuvo de pronto al ver a los intrusos y luego empezó a alejarse aprisa.Como querÃa verla un poco mejor, Dorothy echó a correr tras ella. Pero la jovencita de porcelana se puso a gritar:–¡No me persigas! ¡No me persigas!Su vocecilla denotaba tanto temor que Dorothy se detuvo y le preguntó:–¿Por qué no?–Porque si corro podrÃa caerme y hacerme pedazos -respondió la princesa, deteniéndose también, aunque a cierta distancia.–¿Pero no podrÃan remendarte?–SÃ, pero una nunca queda tan bonita como es después que a componen.–Supongo que no -admitió Dorothy.–Ahà tienes al señor Bromista, uno de nuestros payasos -continuó la princesa de porcelana-. Siempre trata de pararse sobre su cabeza y se ha roto el cuerpo tantas voces que está remendado en cien lugares diferentes, y ahora ya no es nada bonito. Allà lo tienes, puedes verlo con tus propios ojos.En efecto, acercábase a ellos un gracioso payaso en miniatura, y al observarlo bien, Dorothy notó que, a pesar de sus bonitas ropas de vistosos colores, estaba cubierto de rajaduras que corrÃan en todos sentidos e indicaban que habÃa sido remendado muchÃsimas veces.El payaso se puso las manos en los bolsillos y, luego de inflar las mejillas y saludarles con varias inclinaciones de cabeza, declamó:–Hermosa damita, ¿por qué miras asà al pobre señor Bromista? ¿Acaso tragaste una vara que estás tan dura y erguida?–¡Calle usted, señor! -ordenó la princesa-. ¿No ve que son forasteros y merecen ser tratados con respeto?–Bueno, yo respeto, yo respeto -repuso el Payaso, y en seguida se paró sobre su cabeza.–No le hagas caso -pidió la princesa a Dorothy-. Se ha golpeado mucho la cabeza y eso lo tiene atontado.–No le haré caso -dijo Dorothy-. Pero tú eres tan hermosa que creo que podrÃa llegar a quererte muchÃsimo. ¿Me permitirÃas llevarte a Kansas y ponerte sobre la repisa de la chimenea de mi tÃa Em? PodrÃa llevarte en mi cesta.–Lo cual me harÃa muy desdichada -respondió la princesa-. Te diré, aquà en nuestro paÃs vivimos bien y podemos hablar y movemos a voluntad. Pero cuando nos sacan de esta región se nos endurecen las coyunturas y lo único que podemos hacer es permanecer rÃgidos y mostramos bonitos. Claro que es lo único que se espera de nosotros cuando estamos sobre repisas, mesas y en vitrinas, pero en nuestro propio paÃs vivimos mucho mejor.–¡Por nada del mundo querrÃa hacerte desdichada! -exclamó Dorothy-. Asà que me limitaré a decirte adiós. -Adiós -contestó la princesa.Los cuatro amigos marcharon con gran cuidado por el paÃs de porcelana. Los diminutos animales y todos los pobladores se apartaron a toda prisa de su camino, temerosos de que aquellos forasteros los rompieran, y al cabo de una hora o más, los viajeros llegaron al lÃmite de la región y se encontraron con otro muro de porcelana.Empero, éste no era tan elevado como el primero y, parándose sobre el lomo del León, todos pudieron llegar a lo alto de la pared. Después el felino encogió sus patas y dio un tremendo salto para salvar el obstáculo. Al hacerlo, derribó con la cola una hermosa iglesia de porcelana y la hizo pedazos.–Es una lástima -dijo Dorothy-, pero en realidad creo que tuvimos suerte en no haber causado otros males que la pata rota de una vaca y una iglesia hecha añicos. ¡Esta gente es tan frágil!–Asà es, en efecto -concordó el Espantapájaros- y yo me alegro de estar hecho de paja y a prueba de golpes. En el mundo hay destinos peores que el ser un Espantapájaros.