El mago de Oz
El mago de Oz –Será una subida difÃcil -comentó el Espantapájaros-, pero tendremos que hacerlo.Asà diciendo, encabezó la marcha seguido por los otros, y habÃan llegado casi a la primera roca cuando oyeron una voz áspera que gritaba:–¡Atrás!–¿Quién eres? -preguntó el Espantapájaros.Asomó entonces una cabeza por sobre la roca y la misma voz replicó:–Esta colina nos pertenece y no permitimos pasar a nadie. -Pero es que debemos pasar -objetó el Espantapájaros-. Vamos al paÃs de los Quadlings.–¡No pasarán! -declaró la voz, y desde detrás de la roca salió ala vista el hombre más extraño que jamás hubieran visto los viajeros.Era bajo y robusto, y poseÃa una enorme cabeza algo chata y sostenida por un grueso cuello lleno de arrugas. Mas no tenÃa brazos, y al ver esto, el Espantapájaros no temió que un ser tan indefenso pudiera impedirles ascender por la colina. Por eso dijo:–Lamento no hacer lo que deseas, pero, te guste o no, tendremos que pasar por tu colina.Y se adelantó con gran decisión.Tan rápida como el rayo, la cabeza del otro partió hacia adelante y su cuello se estiró hasta que su coronilla, que era chata, golpeó el pecho del Espantapájaros y lo arrojó dando tumbos cuesta abajo. Casi con la misma rapidez volvió la cabeza al cuerpo, y el hombre rió con aspereza al tiempo que decÃa:–¡No les será tan fácil como piensan!Un coro de ruidosas risas partió de las otras rocas y Dorothy vio entonces a centenares de los Cabezas de Martillo que se hallaban diseminados por la cuesta.El León se puso furioso al oÃr la risa con que festejaban la caÃda del Espantapájaros y, lanzando un rugido atronador, echó a correr cuesta arriba.De nuevo salió una cabeza a gran velocidad y el enorme León cayó rodando por la colina como si le hubiera golpeado una bala de cañón.Dorothy corrió para ayudar al Espantapájaros a levantarse, y el León fue hacia ella, sintiéndose dolido y molesto, al tiempo que decÃa:–Es inútil combatir con gente que dispara la cabeza como si fuera una bala. Nadie podrÃa enfrentarlos.–¿Qué hacemos entonces? -preguntó ella.–Llama a los Monos Alados -sugirió el Leñador-. TodavÃa puedes darles una orden más.–Muy bien -repuso ella y, poniéndose el Gorro de Oro, pronunció las palabras mágicas.Los Monos fueron tan puntuales como siempre, y en pocos momentos estuvo toda la banda frente a ella.–¿Qué nos ordenas? -preguntó el Rey, haciendo una reverencia.–Llévanos por sobre esta colina hasta el paÃs de los Quadlings -pidió la niña.–Asà se hará -repuso el Rey.Acto seguido, los Monos Alados se apoderaron de los cuatro viajeros y de Toto y se alejaron volando con ellos. Cuando pasaron por sobre la colina, los Cabezas de Martillo aullaron de furia y lanzaron sus cabezas hacia lo alto, mas no pudieron alcanzar a los simios voladores, quienes se llevaron a Dorothy y sus amigos al otro lado de la montaña y los bajaron en el hermoso paÃs de los Quadlings.–Esta es la última vez que nos llamas -dijo el jefe a Dorothy-. Asà que adiós y buena suerte.–Adiós y muchÃsimas gracias -respondió la niña, y los Monos levantaron vuelo y se perdieron de vista en un abrir y cerrar de ojos.El paÃs de los Quadlings parecÃa muy próspero. Abundaban los cereales en sus campos, los caminos estaban bien pavimentados y por doquier veÃanse murmurantes arroyos de agua clara cruzados por puentes muy bien construidos. Las cercas, casas y puentes estaban pintados de rojo vivo, tal como eran amarillos en el paÃs de los Winkies y azules en el de los Munchkins. Los mismos Quadlings, que eran bajos, regordetes y bienhumorados, vestÃan todos de rojo, destacándose asà contra el fondo verde del césped y el amarillo oro de los granos maduros.Los Monos habÃan dejado a los viajeros cerca de una granja y los cuatro amigos marcharon ahora hacia la casa y llamaron a la puerta, la que abrió la esposa del granjero. Cuando Dorothy le pidió algo de comer, la mujer les brindó a todos una buena comida, con tres clases de pastel y cuatro clases de bizcochos, asà como un tazón de leche para Toto.–¿Queda lejos el castillo de Glinda? -preguntó la niña.–No mucho -fue la respuesta-. Tomen el camino del Sur y pronto llegarán a él.Luego de dar gracias a la buena mujer, partieron de nuevo y marcharon por entre los campos sembrados y los bonitos puentes hasta que vieron ante ellos un castillo muy hermoso. Ante las puertas se hallaban tres mujeres jóvenes que vestÃan vistosos uniformes rojos con adornos dorados.Al acercarse Dorothy, una de ellas le preguntó: ¿Por qué vienen al PaÃs del Sur?–Queremos vera la Bruja Buena que gobierna aquÃ-contestó la niña-. ¿Nos llevarán ante ella?–Denme sus nombres y preguntaré a Glinda si quiere recibirlos.Le dijeron quiénes eran y la joven soldado entró en el castillo para regresar poco después y anunciarles que podÃan pasar.