Leyendas

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-¡Un Dios que castiga y perdona! -prorrumpió el sacrílego barón con una carcajada-. Yo no creo en Dios, y para darte una prueba voy a cumplirte lo que te he prometido, porque aunque poco rezador, soy amigo de no faltar a mis palabras. ¡Raimundo! ¡Gerardo! ¡Pedro! Azuzad la jauría, dadme el venablo, tocad el alali en vuestras trompas, que vamos a darle caza a este imbécil, aunque se suba a los retablos de sus altares. Ya, después d dudar un instante y a una nueva orden de su señor, comenzaban los pajes a desatar los lebreles, que aturdían la Iglesia con sus ladridos; ya el barón había armado su ballesta, riendo con una risa de Satanás, y el venerable sacerdote, murmurando una plegaria, elevaba sus ojos al cielo y esperaba tranquilo la muerte, cuando se oyó fuera del sagrado recinto una vocería terrible, bramidos de trompas que hacían señales de ojeo y gritos de: <<¡Al jabalí! ¡Al jabalí! ¡Por las breñas! ¡Hacia el monte!>> Teobaldo, al anuncio de la deseada res, corrió a las puertas del santuario, ebrio de alegría; tras él fueron sus servidores, y con sus servidores, los caballos y los lebreles. ¿Por donde va el jabalí? -preguntó el varón, subiendo a su corcel sin apoyarse en el estribo ni desarmar la ballesta.

 

-Por la cañada que se extiende al pie de esa colinas -le respondieron.

 


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