Leyendas
Leyendas En tan angustiosa situación, los vecinos se repartieron entre si las piezas de la armadura, que acaso por centésima vez se encontraba en sus manos, y rogaron al piadoso eremita que un día los iluminó con sus consejos decidiera lo que debí hacerse con ella.
El santo barón ordenó al pueblo una penitencia general. Se encerró por tres días en el fondo de la caverna que le servía de asilo, y al cabo de ellos dispuso que se fundieses las diabólicas armas, y con ellas y algunas sillares del castillo del Segre se levantase una cruz.
La operación se llevó a término, aunque no sin que nuevos y aterradores prodigios llenasen de pavor al ánimo de los consternados habitantes de Bellver.
En tanto que las piezas arrojadas a las llamas comenzaban a enrojecerse, largos y profundos gemidos parecían escarparse de la ancha hoguera, de entre cuyos troncos saltaban como si estuvieran vivas y sintiesen la acción del fuego. Una tromba de chispas rojas, verdes y azules danzaban en la cúspide de sus encendidas lenguas y se retorcía crujiendo como si una legión de diablos cabalgando sobre ellas, pugnasen por libertar a sus señor de aquel tormento.