Leyendas
Leyendas El tío Gregorio escuchó sonriendo la petición de las muchachas, las cuales, una vez obtenida la promesa de que les referiría alguna cosa, dejaron los cántaros en el suelo y, sentándose a su alrededor, formaron un corro, en cuyo centro quedó el viejecito, que comenzó a hablarles de esta manera:
No os contaré una historia, porque aunque recuerdo algunas en este momento, atañen a cosas tan graves que ni vosotras, que sois unas locuelas me prestaríais atención para escucharlas, ni a mi, por lo avanzado de la tarde, me quedaría espacio para referirlas. Os daré en su lugar un consejo.
!Un consejo!, exclamaron las muchachas con aire visible de mal humor, no es para oír consejos para lo que nos hemos detenido. cuando nos hagan falta ya nos los dará el señor cura.
Es, prosiguió el anciano con su habitual sonrisa y su voz cansada y temblorosa, que el señor cura acaso no sabría dároslo en esta ocasión tan oportuna como os lo puede dar el tío Gregorio, porque él, ocupado en sus rezos y letanías, no habrá echado, como yo, de ver que cada día vais por agua a la fuente más temprano y volvéis más tarde.