Leyendas
Leyendas Ella se enjugó los ojos, lo miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar.
Pedro, entonces, acercándose a MarÃa le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del rÃo y tornó a decirle:
¿Por qué lloras?
El Tajo se retorcÃa gimiendo al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial. El sol trasponÃa los montes vecinos; la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpÃa el alto silencio.
MarÃa exclamó:
No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes, pues ni yo sabré contestarte ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio, fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aun concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancarÃa una carcajada.
Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas.
La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio dijo a su amante con voz sorda y entrecortada: