Leyendas
Leyendas -¡Efectivamente es raro! Yo quiero mucho a mi Medoro -dijo dándole un beso en el hocico al enteco y legañoso faldero, que gruñó sordamente-: pero si se muriese o me lo mataran, no creo que me volvería loca ni cosa que lo valga.
Mi asombro rayaba en estupor; aquellas gentes no me habían comprendido o no querían comprenderme.
Al cabo me dirigí al señor que tomaba té, que en razón a sus años debía de ser algo más razonable.
-Y a usted, ¿qué le parece? -le pregunté.