Rimas y leyendas
Rimas y leyendas En la época en la que nace Bécquer (1836) se han empezado ya a consolidar el romanticismo y el liberalismo en Europa. El fenómeno procede de las corrientes racionalistas de la Ilustración dieciochesca y se opone a la vez a ellas, lo que permite explicar la aparente contradicción en la que se mueve la cultura del momento: por un lado, una abierta rebeldía contra toda norma, fundamentalmente contra los valores clásicos y la tradición, y por otro un nexo con la tradición y, por tanto, con la espiritualidad individual y colectiva de raigambre medieval, y con los valores del «pueblo» (cuentos, leyendas religiosas o de otro orden, etc.), desde el folclore hasta las reliquias del arte y la arquitectura (catedrales, monasterios, monumentos y ruinas, etc.). Pero sobre todo destacan elementos de la psique humana como la pasión y los sentimientos, a los que se añade el sentido estético en la contemplación de la naturaleza, que determinará el descubrimiento del paisaje como cuadro autónomo. La ambivalencia, e incluso aparente contradicción, emanada del gusto por la tradición y el afán de progreso, del culto a los valores de lo popular y el más acendrado individualismo, se va decantando con el tiempo hasta constituirse en dos corrientes que tienen su orientación ideológica y política según prevalezcan unas u otras tendencias: la conservadora, con predominio del peso de la tradición, y la liberal o progresista, en la que el influjo de las ideas ilustradas ganan fuerza. No obstante, en cualesquiera de las dos corrientes se pueden hallar, como hemos dicho, contradicciones evidentes, que a veces corresponden a distintas fases en la evolución de los autores. Así, por ejemplo, es fácil encontrar una estética neoclásica en la poesía de Larra o en su teatro, apenas rota por el impulso juvenil de la protesta o la renovación ideológica que le es inherente; o en las primeras poesías de un Bécquer juvenil todavía hallamos el marchamo vivo de esa misma estética heredada de Lista o de Quintana hasta su pronta evolución posterior por influjo de los poetas románticos españoles y extranjeros. Mientras en Francia Chateaubriand (1787-1824), quien habría de influir en ciertos aspectos de la concepción becqueriana de la tradición, seguía una línea monárquica y conservadora, Lord Byron (1787-1824) mostraría en Inglaterra una decidida vocación por el más acendrado individualismo, lo mismo que Heine (1797-1856) en Alemania (quien también habría de influir en la poesía de Bécquer). Es curiosamente en Francia donde el romanticismo conquista un puesto decisivo con el manifiesto de Victor Hugo (en el prefacio de su drama Cromwell) en 1827. Las producciones poéticas de Vigny, Musset, Lamartine, dejan ya el camino abierto a la nueva corriente de forma decisiva. Lo mismo ocurre en el campo de la pintura con Delacroix, o de la música con los italianos Rossini, Donizetti y Bellini (que también influirían en la personalidad de Bécquer), los germanos Mendelsshon, Schubert y Schumann, y el polaco Chopin. En España el duque de Rivas, de manera algo tardía (1835), introducía de forma decidida el movimiento en el teatro, y Espronceda conseguía sus mejores frutos en el género publicando en 1840 sus Poesías. La vida de Bécquer transcurre entre ese incipiente romanticismo y el período llamado realista. Propiamente su obra se mueve ya en el campo de la poesía tardorromántica o realista. Aunque su posición es tildada por algunos de romántica, sólo lo es en la medida que asimila más el tipo del lied o canción alemana (a través de poetas españoles filogermanistas) que la poesía exaltada de los primeros románticos, y está situado, como veremos luego, en una zona propia de poesía intimista que tiene como precedentes poetas extranjeros y españoles de la segunda mitad del siglo, que es la que corresponde cronológicamente a su realización poética y literaria.
