Rimas y leyendas
Rimas y leyendas En el año 1847, es decir, cuando Gustavo Adolfo tiene once años, fallece también su madre. Un año antes había ingresado en el colegio de San Telmo de Sevilla, centro orientado fundamentalmente a los estudios de náutica. Allí parece que conoció a Narciso Campillo, manifestando ambos inclinaciones literarias. Gustavo Adolfo quedó al cuidado de su tía María Bastida, al igual que sus otros hermanos, pero tuvo que dejar el colegio por cerrarse éste justo durante ese mismo año. Por fortuna, Gustavo fue tutelado por su madrina Manuela Monnehay, en cuya casa había una notable biblioteca que él frecuentaba. Allí pudo familiarizarse con la lectura de los más importantes escritores románticos. En una carta de Campillo a Eduardo de la Barra, confiesa aquél haber seguido carrera y compartido las enseñanzas que había recibido con Bécquer, quien no podía tener estudios por ser más pobre. La comunicación de Bécquer con Campillo debió, pues, ser provechosa para ambos, ya que éste también recibía beneficio de ella al «servirle de repaso», como él mismo confiesa en la citada carta. Campillo tenía tal afición a la lectura que en su casa le llamaban «tragalibros». Lo que Bécquer quizá no pudo conseguir por medios económicos lo consiguió en parte por una buena amistad. Pronto empiezan ambos a desarrollar sus inquietudes poéticas e incluso a publicar sus primeros versos en revistas de Sevilla. Durante los años siguientes (del 1850 al 1853) ingresa Gustavo en el taller de pintura de Cabral Bejarano y luego en el de su tío (también pintor, como su padre), Joaquín Domínguez Bécquer. O bien las inclinaciones literarias eran demasiado fuertes, o bien no vio su tío en él un futuro pintor, pero el caso es que Gustavo abandona por consejo de aquél los estudios de pintura, que sin embargo siguió desarrollando su hermano Valeriano con extraordinario provecho.