Rimas y leyendas

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Otra posibilidad de enfoque interdisciplinar reside en la afición musical de Bécquer, que aun desconociendo su técnica, tal como confesaba él mismo, era una de sus artes preferidas, como se muestra en numerosos textos de sus obras, incluidas muchas rimas, como es bien sabido. También hemos señalado cómo compuso obras para la representación escénica de carácter musical, lo que llamamos zarzuelas, en colaboración con Luis García Luna, con el seudónimo de Adolfo García. Así: La venta encantada (1859), Las distracciones (1859), Tal para cual (1860), La cruz del valle (1860), etc., algunas de las cuales son adaptaciones de obras francesas. Dos zarzuelas más escribió con el seudónimo de Adolfo Rodríguez. El periodista cubano Antonio Escobar, transmitiendo una conversación que tuvo con Rodríguez Correa, amigo del poeta, dice: «Correa opina que Bécquer tenía una de las más extraordinarias organizaciones artísticas que ha producido este siglo. No hablemos de sus versos, que seducen a toda la gente de raza española. Era, además, dibujante y músico. Sí, músico; y no sólo ejecutante, sino también compositor. Y esto habiendo estudiado muy superficialmente el divino arte».[198] También hay testimonios de que Bécquer tocaba el piano. Julio Nombela, por ejemplo, dejó dicho: «Sólo la música lograba sacarle de aquel estado anestésico», y Julia Bécquer cuenta: «Acompañándose con este instrumento (un clavicordio) solía Gustavo cantar algún trozo de ópera, pues tenía mucha afición a este género musical».[199] Julio Nombela cuenta también: «Bécquer hacía el análisis de las óperas de Bellini, considerando que bastaba Norma para expresar la magnitud de su genio y La sonámbula para dar a conocer la intensidad de su sentimiento y la belleza de su alma. Luna y yo le oíamos con deleite, y para demostrarnos la exactitud de sus apreciaciones, de la teoría pasó a la práctica. Cogió del suelo una rama seca, la despojó de las marchitas hojas, la partió por la mitad y, destinando una de ellas a simular un violín y la otra el arco, comenzó a tararear La sonámbula […] Cuando llegamos a Carabanchel, terminaba Bécquer el concertante del final del primer acto».[200] Donizzetti y Bellini eran sus músicos favoritos, según parece, quienes naturalmente eran los músicos más populares de ópera en la época romántica, junto con Rossini.


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