Toledo

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No se sabe quiénes fuesen los sucesores de San Eujenio hasta finales del siglo III, ignorancia que existe igualmente acerca de los de Prelados apostólicos de otras diócesis debida, no á que dejasen de subsistir tales sillas, sino á que los perseguidores del Cristianismo y el trascurso de los siglos nos han arrebatado los medios de que llegaran á nuestra noticia.

Los actos del martirio de la Vírgen Santa Leocadia manifiestan los temores y sobresaltos en que al principio se mantenia la Fé, hasta que creciendo poco á poco la luz y desvaneciéndose con ella la noche de la supersticion se fueron construyendo iglesias, aumentando ministros del culto, y ejerciéndose en público las funciones religiósas, especialmente en los tiempos algo pacificos que á intérvalos gozaba la congregacion cristiana[1]. Una de las ciudades en que esto se verificó, fué sin duda Toledo, pues de ella hablan principalmente los citados actos, y debe, por tanto creerse que antes de la aciaga época de Diocleciano gozaba no solo de pública cristiandad sino de, templo y culto manifiesto. Esta publicidad del culto pudo ser causa de que el juez Daciano viniese á establecer en Toledo su terrible tribunal para la persecucion de los discípulos del Evangelio.



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