Toledo

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El poeta, á cuya invocacion poderosa, como al acento de un conjuro mágico, palpitan en sus olvidadas tumbas el polvo de cien generaciones, cuya imaginacion ardiente reconstruye sobre un roto sillar un edificio, y sobre el edificio con sus creencias y sus costumbres una edad remota; el poeta que ama el silencio para escuchar en él á su espíritu, que en voz baja y en un idioma estraño al resto de los hombres, le cuenta las historias peregrinas, las consejas maravillosas de sus padres; que ama la soledad para poblarla con los hijos de su mente, y ver cruzar ante sus ojos, en una onda de colores y de luz, los monjes y los reyes, las damas y los pajes, los heraldos y los guerreros, pueda á su antojo, al recorrer el interior de esta fábrica, cuyos ámbitos están llenos de la sombra de los católicos príncipes, dar vida á esa era portentosa de valor y de fé, á la que estos dieron el impulso marchando á su frente. Y en la tarde, cuando el crepúsculo envuelve en una azulada niebla los objetos, que al perder el color y la forma, se mezclan entre sí, confundiendo sus vagos contornos; cuando el viento, que combate los muros y recorre las derruidas alas del claustro, suena, al espirar en los huecos de sus machones, como un gemido que se ahoga; cuando solo turban el alto silencio de las ruinas, el temeroso rumor del agua de sus fuentes, ó el trémulo suspiro de las hojas de sus árboles, confusa, como el espíritu de la vision de Job, verá cruzar, entre los desmoronados sillares del hendido muro, una sombra blanca y cubierta de un hábito religioso. Es la marmórea imagen de un santo de la orden, que arrancada de su nicho permanece aun de pié en el ángulo de un pilar, entre la losa del sepulcro de un obispo y el capitel de una columna. Pero grábese en aquella frente pálida la honda huella del dolor; enciéndase en aquellos ojos sin pupilas la llama del genio; préstese á sus labios la ligera contraccion que les imprime una voluntad de diamante, y se creerá haber sorprendido en su meditacion solitaria, al profundo político, al eminente general, hombre nacido para el poder y mando, al célebre Cisneros que, despues de abandonar su tumba viene aun á la hora del crespúsculo á recorrer aquellos lugares. Aquellos lugares á donde mas de una vez, bajo la grosera capucha de un hábito humilde se fundian en su imaginacion de fuego esas ideas gigantes, que mas tarde, al tomar forma, le pusieron á la cabeza de su siglo. Aquellos lugares á los que le trajo la brisa, con el melancólico clamor de las campanas, y los lejanos ecos del órgano, que rodaban temblando en los aires al unirse á las graves notas del salmo religioso, el primer suspiro de la noche que iba á nacer, el último rumor del dia que acaba de morir.


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