Toledo
Toledo Con su acostumbrada mansedumbre y natural amabilidad, contestóle San Eugenio:—Sabe, oh juez, que á nosotros nos toca el cargo de predicar, y es de nuestra obligacion dar luz á cuantos nos pidan la de la fé, sin que podamos negar lo que es santo á los que caminan por las sendas de la vida. Esto es lo que corresponde á los sacerdotes; esto lo que nos enseña Nuestro Señor Jesucristo, que á todo el que desee beber los aguas de la fé, le demos aun mas bebida de la que pide; y como esta doncella me buscó para que la instrugese en la regla de la fé verdadera, fué preciso mirarla con atencion á fin de que se enardeciese su afecto. Ni era razon desechar á quien venia con tan buenos deseos, y mucho menos debia desampararla el que está escogido para este fin por merced de Cristo. En fuerza de esto, la enseñé y alumbré en el modo que pude, declarándola que la fé de Cristo es el camino del cielo; como con gusto lo ejecutaria contigo si te sirvieses de consultarme en este punto.
Enfurecido el juez, mandó que le trajesen varas; y el Santo dijo:—¿Qué pretendes hacer con esas varas? —Sacarle (respondió el juez) el alma por medio de ellas.—Dispon (replicó Eulogio) y afila el cuchillo, con el cual podrás arrancar del cuerpo el alma volviéndola á quien la dió; y no pienses que con las caras se disuelven los miembros.