Toledo

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«En el año de quinientos y cincuenta y cinco, reinando en España el glorioso Rey godo Atanagildo, sucedió en esta ermita que dos judíos, cuyos nombres eran Sacao y Abisain, viniendo de su huerta de Campo Rey (que hoy nuestro hispanismo llama Huerta del Rey) pasando por esta ermita, y viéndola sola, hallando tiempo oportuno á su intento, por el rencor que tiene el judaismo con Cristo Señor Nuestro se determinaron ¡oh bárbara obstinación! á ultrajar su verdadero retrato que estaba en el altar mayor (que es del cedro que ellos trajeron de Jerusalén para la sinagoga, que la tenian donde está hoy Santa Maria la Blanca), y asi lo hicieron, dándole un bote en un costado con un dardo que traian, á cuyo golpe cayó la milagrosa imagen en el suelo derramando copiosos raudales de sangre, con cuyo prodigio quedaron los judíos llenos de pavor y espanto, aunque no arrepentidos, pues le cogieron y le arrastraron hasta la puerta de dicha ermita, y viendo que la divina imagen no cesaba de derramar sangre, se le metió uno de los judíos debajo de su tabardo ó capote, y le llevó á la plazuela de Valdecaleros, donde vivia, y soterró en un establo al que no cabe en los cielos. Acudieron los cristianos á venerar la divina imagen, y no hallándola, fué su desconsuelo grande; pero hallaron el remedio en la sangre de este Santísimo Cristo, pues cuando le llevaba el judío debajo de su capote iba derramando sangre por la calle, por cuyo rastro lo siguieron los cristianos, entrando en casa del judío, y no hallándole se volvian afligidos, cuando este Santísimo Cristo se les apareció en pié en el establo corriendo de su santísima herida sangre. Vino el Rey Atanagildo á ver tan portentoso prodigio, y admirado de la maldad del judío, mandó que fuesen los dos apedreados: corto castigo á tan obstinada maldad. Volvió el Rey este Santísimo Cristo á su templo con una procesion muy solemne, recogiendo la sangre que derramó esta divina imagen en unas ampollas, la cual tocando á ciegos daba vista, á mancos brazos, á cojos pies, á muertos vida, y á todos consuelo y remedio Obraron estas divinas imágenes de allí adelante muchos milagros, como los continúan hoy, con lo cual crecia la envidia de los judíos, pues veian que cuantos llegabán á tocar esta divina imagen quedaban sanos de cualquiera enfermedad. Y para que esta devocion se extinguiese, le pusieron á este Santísimo Cristo veneno en el pie, para que asi que llegasen á besar quedasen muertos; pero en el que es vida eterna, no tiene lugar (sin su voluntad) la muerte: al llegar una mujer pecadora á besar el pié de este divino Señor, Su Majestad (gran milagro) apartó el píe, rehusando que la mujer le besase, quedando desclavado, como hoy se ve patentement.—No pararon aquí los milagros de esta divina imagen, pues que en la pérdida de España, cuando la perdió el Rey D. Rodrigo, que fué el año tercero de su reinado, y de setecíentos catorce del nacimiento de nuestro Salvador, temerosos los cristianos de los árabes y judíos no ultrajasen á estas divinas imágenes del Santísimo Cristo de la Cruz y Vírgen de la Luz, las escondieron en unos nichos que están á mano derecha de dicha ermita, dejando una lámpara encendida con panilla de aceite. Fué Dios servido que el Rey D. Alfonso el Santo ganase á Toledo el dia de San Urbano á veinticinco de mayo de mil ochenta y tres. Entró en Toledo acompañado de la nobleza de España, y viniendo el Cid Ruiz Diaz á su lado, entrando por la puerta Aguileña, que está frontera de la Iglesia del Santísimo Cristo, el caballo del Cid se arrodilló delante de la Iglesia, y desmontando, abrieron las paredes, y al son de música del cielo, vieron (prodigioso caso) al Santísimo Cristo de la Cruz y Vírgen de la Luz, con la lámpara encendida, dando luz á los que lo son del Cielo y la tierra, la cual estuvo ardiendo con una panilla de aceite todo el tiempo que estas divinas imágenes estuvieron ocultas, que fueron trescientos y setenta y nueve años. Entró S. M. á orar las divinas imágenes, y mandó que el Arzobispo dijera en esta Santa Casa la primera misa, y dejó, como David, el alfange en el templo. S. M. el escudo de la Santa Cruz con que alcanzó la victoria. Son autores de esta verdad Flavio Dextro, San Majanio y el Arzobispo Don Rodrigo en la pérdida de España.»


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