Desembalo mi biblioteca

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Como especial recuerdo de mi más excitante experiencia de compra en una subasta, se yergue todavía hoy en mi biblioteca, por encima de largas hileras de volúmenes franceses, La piel de zapa de Balzac. Fue en 1915, en la subasta Rümann, en Emil Hirsch, uno de los bibliófilos más expertos y, al mismo tiempo, uno de los más importantes libreros. La edición en cuestión apareció en 1838, en París, Place de la Bourse. Al coger en mi mano el ejemplar, pude ver no sólo el número de la colección Rümann, sino sobre todo la etiqueta de la librería donde lo adquirió el primer comprador, hace noventa años, aproximadamente por un precio ochenta veces inferior al actual. La etiqueta correspondía a la librería I. Flanneau. Hermosa época aquella en la que obras tan suntuosas como ésa —pues los grabados en metal para este libro fueron dibujados por el mejor dibujante francés y ejecutados por los mejores grabadores— podían comprarse todavía en una papelería. Pero quisiera contar la historia de su adquisición. Había ido a Emil Hirsch para conocer la colección previamente, había examinado cuarenta o cincuenta volúmenes, entre ellos éste, con el deseo ardiente de no tener que desprenderme nunca más de él. Llegó el día de la subasta. Un azar quiso que, en la convocatoria, este ejemplar de La piel de zapa fuera precedido por la serie completa de sus ilustraciones editadas aparte en papel de China. Los participantes en la subasta estaban sentados en una larga mesa; en diagonal frente a mí, el hombre sobre el que se posaban todas las miradas para la venta que se proponía a continuación: el barón von Simolin, famoso coleccionista muniqués. Se interesó por esta serie, pero no le faltaron competidores; en pocas palabras, se llegó a una lucha importante, cuyo resultado fue la oferta más elevada de toda la subasta, un precio que superaba ampliamente los 3.000 marcos. Al parecer, como nadie esperaba que se llega­ se a tal suma, un movimiento de agitación sacudió a la concurrencia. Emil Hirsch no le concedió importancia, y ya fuera por ganar tiempo, ya fuera por otras consideraciones, pasó al siguiente ejemplar de la subasta entre la desatención general de la asamblea. Gritó el precio, y yo puje un poco por encima mientras el corazón me latía con fuerza, claramente consciente de que no podía rivalizar con ninguno de los grandes coleccionistas que se encontraban presentes. Pero el subastador, sin forzar la atención de los reunidos, pronunció la fórmula habitual «¿Nadie da más?» y con tres golpes de martillo, que a mí me parecieron estar separados uno de otro por una eternidad, procedió a la adjudicación. Para mí, estudiante, la suma era todavía bastante elevada, pero la mañana del día siguiente, en la casa de empeños, no forma ya parte de la historia; en lugar de eso, prefiero evocar un acontecimiento que podría considerar el negativo de la venta en una subasta. Fue en Berlín, el año anterior. Se había puesto a la venta una serie de libros muy dispares en cuan­ to a la calidad o el tema, entre los que únicamente merecían atención algunas obras raras que trataban de ocultismo y filosofía de la naturaleza. Pujé por algunos de ellos, pero no tardé en advertir que, cada vez que intervenía, un señor situado en las primeras filas parecía estar esperando mi oferta para lanzar la suya sin importar el precio. Después de haber visto cómo la misma situación se repetía en varias ocasiones, abandoné toda esperanza de adquirir el libro que más me interesaba aquel día. Eran los magníficos Fragmente aus dem Nachlasse eines jungen Physiker (Fragmentos de las obras póstumas de un joven físico), que Johann Wilhelm Ritter había publicado en dos volúmenes, en Heidelberg, el año 1810. La obra nunca ha sido reeditada, pero el prefacio en el que el editor hacía una presentación de su propia vida en forma de elogio fúnebre por un amigo anónimo supuestamente difunto, que no era otro que él mismo, me ha parecido siempre la prosa de inspiración personal más significativa del romanticismo alemán. En el momento en que salió a subasta, me vino a la cabeza una idea brillante. Muy sencillo: como mi oferta iba a suscitar indefectiblemente la puja del otro, yo no debería hacer ninguna. Me dominé y permanecí en silencio. Entonces ocurrió lo que había esperado: nadie mostró ningún interés,­ no hubo ninguna oferta, y el libro fue retirado. Consideré oportuno dejar pasar unos días todavía. Y, en efecto, cuando reaparecí al cabo de una semana por la librería, lo encontré allí y lo compré, aprovechándome así del escaso interés que se había testimoniado por él.


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