Desembalo mi biblioteca
Desembalo mi biblioteca En un cuento de Andersen aparece un libro infantil del que se dice que fue comprado «por la mitad del reino». Todo en él estaba vivo. «Los pájaros cantaban, los personajes salían del libro y se ponían a hablar». Pero en cuanto la princesa volvía la página, «saltaban de nuevo al interior para evitar cualquier desorden». Delicado y difuso, como mucho de lo que escribe el autor, este pequeño hallazgo poético toca de cerca lo que estamos tratando. Ahora bien, no son las cosas las que surgen de las páginas a los ojos del niño que hojea las ilustraciones, sino que es él mismo quien, por su contemplación, va a penetrar en ellas, como una nube que se sacia del polícromo resplandor del mundo de las imágenes. Comprende realmente, ante su libro coloreado, el arte de los perfectos del taoísmo: dominando el engañoso muro en la superficie, avanza, entre tejidos coloreados y rincones abigarrados, por el escenario en el que vive el cuento. Hoa, «colorear» en chino, se asemeja a kua, «enganchar»: se enganchan de este modo cinco colores a las cosas. En ese mundo tenso de colo res, poroso, donde a cada paso todo cambiará de sitio, el niño es acogido como un compañero de juego. Cubierto con to dos los colores que capta en su lectura y en su visión, se adentra en una mascarada y participa en ella. Digo «en su lectura», en efecto, pues las palabras se encuentran también en ese baile de máscaras, forman parte del juego y se arremolinan, como sonoros copos de nieve, mezclándose entre sí. «Príncipe es una palabra rodeada de una estrella», dijo un niño de siete años. Los niños, cuando imaginan historias, se comportan como directores de escena que no se dejan censurar por el «sentido». Se puede hacer la prueba muy fácilmente. Si se les proponen cuatro o cinco vocablos determinados para que reúnan una frase corta, aparecerá la prosa más asombrosa: no una visión panorámica del libro infantil, sino paneles indica dores que conducen hacia allí. En un momento las palabras desembocan en un traje, y en un santiamén están implicadas en combates, en escenas de amor, o en peleas. Es así como los niños escriben sus textos, pero así es igualmente como los leen. Y existe un pequeño numero de abecedarios apasionantes, que desarrollan un juego semejante a través de las imágenes. Se encuentra, por ejemplo, en el cuadro de la A una naturaleza muerta de cosas amontonadas que produce un efecto muy enigmático, hasta que se descubre que están reunidas allí Aal (anguila), ABC-Buch (abecedario), Adler (águila), Apfel (manzana), Affe (mono), Amboss (yunque), Ampel (bombilla), Anker (ancla), Armbrust (ballesta), Arznei (medicina), Ast (rama), Aster (aster) y Axt (hacha).