Desembalo mi biblioteca

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Los niños conocen esta clase de imágenes como sus propios bolsillos, las han explorado del mismo modo, dándoles la vuelta de adentro hacia afuera, sin olvidar el pliegue ni el hilo más minúsculo. Y si, en el grabado en cobre, en colores, la imaginación del niño se abisma soñadoramente en sus propios ensueños, el grabado en madera en blanco y negro, la reproducción sobriamente prosaica, le saca, al contrario, de sí mismo. Con su invitación imperiosa a la descripción que le es inherente, tales imágenes provocan el despertar de las palabras en el niño. Y él mismo, al describir las imágenes mediante palabras, «escribe» de hecho esas palabras, garabateando encima. Pero su superficie, a diferencia de las que son en color, no está formada por decirlo así sino de manera alusiva, y se presta a una cierta condensación poética. Así el niño imprimirá en ella su verbo poético. De este modo, aprende la escritura junto con el lenguaje: una escritura jeroglífica. En los signos de esta escritura, se da todavía hoy a las primeras vocales del abecedario la silueta de las cosas que significan: Ei (huevo), Hut (sombrero). El valor auténtico de esos libros infantiles de grafismo simple está, por lo tanto, muy lejos del obtuso martilleo en el que la pedagogía racionalista pretende confinarlos. Cómo el niño «se fija en un lugarcito», cómo con el ojo y el dedo recorre su paisaje de imágenes, es lo que expresa perfectamente esta canción infantil de un viejo libro de lecciones sobre cosas:


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