Desembalo mi biblioteca
Desembalo mi biblioteca De manera menos sistemática, más caprichosa e impetuosamente, el niño va a la busca y captura de la solución en el dibujo-adivinanza que disimula una figura entre sus trazos: el «ladrón», «el alumno perezoso», o el «maestro de escuela oculto». En cuanto a esas imágenes con contradicciones e imposibilidades, actual mente de moda, porque sirven de tests, son igualmente una mascarada, una farsa improvisada llena de exuberancia, donde los personajes se sostienen sobre la cabeza, meten brazos y piernas entre las ramas y se envuelven con el techo de una casa como abrigo. Ese carnaval aparece hasta en el espacio, más serio, de los libros para aprender a deletrear y a leer. Renner publicó en Nuremberg, en la primera mitad del siglo pasado, una serie de veinticuatro láminas que presentaban a las letras con disfraz, por decirlo asÃ. La F aparecÃa disfrazada de Franziskaner (franciscano), la K de Kanzlist (empleado de cancillerÃa), la T de Träger (mensajero). El juego iba a gustar tanto que todavÃa hoy se encuentran esos motivos antiguos en todo tipo de variantes. El jeroglÃfico finalmente anuncia el Miércoles de Ceniza de ese Martes de Carnaval de palabras y de letras. Es el desenmascaramiento: en el brillante cortejo, ahà está la frase, la flaca razón, que mira fijamente a los niños. Ese jeroglÃfico tiene un origen elevado, pues procede directamente del arte del Renacimiento, y una de sus más valiosas ediciones, la Hypnerotomachia Poliphili, constituye de algún modo su tÃtulo de nobleza. Tal vez nunca se difundiera en Alemania tanto como en Francia, donde, hacia 1840, estuvieron plenamente de moda unas encantadoras series de figurillas de papel prensado con el texto en pictogramas. Ello no impide que los niños alemanes tuvieran también unos maravillosos libros de jeroglÃficos «pedagógicos». Es de finales del siglo XVIII, como muy tarde, de cuando datan las «Sentencias morales del libro de Jesús Sirach para niños y jóvenes de toda condición, con ilustraciones explicativas de las palabras más destacadas». El texto está delicadamente grabado en cobre, y todos los sustantivos que de una forma u otra lo permiten son evocados por pequeñas imágenes realistas o alegóricas cuidadosa mente pintadas. TodavÃa en 1842, Teubner publicó una «Pequeña Biblia para niños» con cuatrocientas sesenta ilustraciones de ese tipo. Y lo mismo que al pensamiento o a la imaginación, también a la mano activa se le ofrecÃa antaño un campo inmenso. Tal es el caso de los célebres álbumes de imágenes en tiras movibles (éstos han degenerado más rápidamente y parecen haber tenido la vida más corta, ya se trate del género en sà o de ejemplares particulares). Una obra excepcional fue el Livre jou-jou, publicado por Janet, en ParÃs, sin duda en los años cuarenta. Es la historia de un prÃncipe persa. Todas las vicisitudes del relato están fijadas en imágenes, haciendo surgir cada una de ellas un acontecimiento feliz y saludable, como por un toque de varita mágica, cuando se acciona la tira del borde. A una técnica similar responden los libros en los que las puertas, las cortinas, etc., que figuran sobre las imágenes pueden levantarse como válvulas y dejan aparecer entonces, por detrás otras pequeñas imágenes. Y por último, igual que la muñeca a la que se podÃa cambiar de ropa encontró su relato («Las metamorfosis de Isabel o la niña de los seis modelos. Un libro entre tenido para niñas, con siete láminas móviles en colores», Viena) también se trasladaron al libro esas hermosas láminas en las que las figurillas de cartón adjuntas se fijan mediante aberturas secretas, de modo que se pueden disponer de múltiples formas. AsÃ, el paisaje exterior o el cuarto de estar se pueden configurar en función ele las diversas situaciones del relato. A los escasos niños —o incluso a los escasos coleccionistas— que han tenido la dicha de caer sobre un libro de magia o de dibujos-adivinanzas les parecerá, en comparación, que todo lo demás son pequeñeces. Esos volúmenes tan inteligentemente dispuestos mostraban, según la posición de la mano que los hojeaba, series de hojas cambiantes.