Diario de Moscu
Diario de Moscu Pertenezco a esa generación que tiene ahora entre treinta y cuarenta años. Los intelectuales de esta generación son, por lejos, los últimos que han disfrutado de una educación apolítica. La guerra encontró a sus elementos de izquierda en un momento más o menos de pacifismo radical. La historia de la Alemania de posguerra es en parte la historia de éste ala izquierda original de los intelectuales. Uno puede estar seguro al afirmar que la Revolución de 1918, que falló por su espíritu de advenedizo pequeño-burgués, radicalizó más a su generación que la misma guerra. En Alemania es cada vez más frecuente —y éste es el hecho más curioso e importante sobre este proceso— que el estado del escritor no afiliado es cuestionado y uno gradualmente se da cuenta de que el escritor (como el intelectual, en el más amplio de los sentidos) conciente o inconcientemente, queriendo o sin querer, trabaja al servicio de una clase y recibe su mandato desde esa misma clase. Dado el hecho de que para un intelectual es incluso más difícil ganarse la vida, esta comprensión particular ha sido acelerada en los últimos tiempos. La contra-presión política de la clase dominante que ha llevado en estos últimos años a la censura y a juicios literarios [tachado: que evoca los días de «Santa Alianza»] forma parte del mismo proceso. Dadas las circunstancias, la empatía de los intelectuales alemanes por Rusia no es meramente abstracta, sino que tiene que ver con intereses concretos. Es curioso descubrir: ¿Cuál es la tarifa de los intelectuales en un país en el que el proletariado es el empleador? ¿Cómo define el proletariado las condiciones esenciales para su existencia y qué tipo de ambiente encontrarán los intelectuales? ¿Qué se puede esperar de un gobierno proletario? Dado el sentido de la evidente crisis que enfrenta el destino de los intelectuales en la sociedad burguesa, escritores como Toller, Holitsher[194] y Leo Matthias[195], pintores como Vogeler-Worpswede[196] y directores de teatro como Bernhard Reich han estudiado a Rusia y consultado a sus colegas locales. Es en el mismo sentido que me encontré en una ciudad donde simplemente gracias a mi capacidad como escritor pude disfrutar de privilegios materiales y administrativos. (No sé de ninguna otra ciudad, excepto Moscú, donde el estado le pague una habitación a un escritor. Después de todo, los hoteles son administrados por el Soviet). Las siguientes piezas han sido extraídas de un diario que mantuve allí incesantemente durante ocho semanas. Intenté transmitir una imagen de la Moscú proletaria que uno puede conocer sólo cuando ha sido testigo de ella bajo el hielo y la nieve, y sobre todo intenté hacer que la fisonomía de su jornada laboral y de su nuevo ritmo grafique tanto la vida del trabajador como la del intelectual.
