Diario de Moscu
Diario de Moscu Reich y Asja salieron a caminar por la mañana, más tarde pasaron a buscarme. Yo todavía me encontraba vistiéndome cuando llegaron. Asja se sentó en la cama. Me dio mucho placer verla desempacar mis cosas y acomodarlas prolijamente, no sin antes elegirse dos corbatas para quedárselas, puesto que le habían gustado. Luego nos contó cómo solía devorar novelas baratas, una tras otra, cuando era chica. Cómo las escondía dentro de los libros del colegio para que no la descubriera su madre; hasta que un día consiguió un tomo de Laura encuadernado que llegó a manos de su madre. De cómo, en otra ocasión, se fue de su casa en medio de la noche para ir a buscar a casa de una amiga el nuevo número de una novela por entregas. El padre de su amiga se sobresaltó al oír la puerta a esas horas, le preguntó qué hacía allí tan tarde y ella, sabiéndose en qué problemas se estaba metiendo, sólo atinó a contestarle que ni siquiera ella tenía la menor idea de cómo había llegado allí. Almorzamos con Reich en una pequeña taberna. La tarde, en el desolado sanatorio, fue un suplicio. Con Asja alternando como siempre el trato de «tú» y «usted»; no se sentía bien. Después caminamos por Tverskaya. Sentados en una cafetería, Asja y Reich tuvieron una pelea muy fuerte, en la cual Reich fue muy claro en cuanto a sus planes de cortar todos sus lazos con Alemania para concentrarse en sus asuntos en Rusia. Ya por la noche, nos quedamos solos con Reich en mi habitación: yo estuve estudiando la guía y él avanzó con la escritura de su crítica del ensayo de El revisor. En Moscú no hay camiones ni coches de reparto, por lo cual tanto las compras más insignificantes como los envíos más importantes se han de despachar por medio de los izvozchik[33] en los diminutos trineos.
