Diario de Moscu
Diario de Moscu Pasé la mañana agudizando mi sentido de la orientación en la ciudad y llegué a la oficina de correo central caminando por los bulevares interiores, y volví por la plaza Lubianka rumbo a Dom Herzena. Resolví el misterio del hombre del alfabeto: se dedicaba a vender letras que uno puede adherir a las botas para evitar que sus dueños se las confundan por accidente. Mientras caminaba, me vi nuevamente desbordado por la cantidad de negocios que vendían adornos navideños. Incluso una hora antes, cuando me había asomado a la calle por un breve lapso junto con Asja, ya estaban abarrotando la Amskaya Tverskaya. Los adornos parecen más brillosos del otro lado de la vidriera que cuando se los ve colgados del árbol de navidad. Mientras bajábamos por Amskaya Tverskaya, nos cruzamos a un grupo de Komsomoles[34] marchando y tocando música. Música similar a la de las tropas soviéticas, que parece una mezcla de canciones con silbidos. Asja me habló de Reich. También me pidió el último número de Pravda. Por la tarde, en lo de Asja, Reich nos leyó el borrador de su artículo sobre El revisor de Meyerhold. Era bastante bueno. Reich ya se había quedado dormido en una silla en la habitación de Asja cuando me puse a leerle a ella partes de Calle de sentido único. En el transcurso de mi extensa caminata matinal también observé a las vendedoras del mercado, campesinas paradas junto a sus canastos con mercancías (a veces en lugar de canastos usan uno de esos trineos que en invierno sirven como cochecitos de bebé). En dichos canastos suele haber manzanas, caramelos, nueces, figuras de azúcar, y todos ellos se asoman por entre la ropa. Uno podría pensar que se trata de abuelas que empaquetaron todos los dulces que encontraron para llevárselos a sus nietos y que ahora simplemente están tomando un pequeño descanso a la veda del camino. Volví a ver al chino que hace flores de papel como las que le llevé a Stefan de Marsella. Aquí, las figuras de papel suelen adquirir más comúnmente la forma de peces exóticos.
