Diario de Moscu
Diario de Moscu Después de levantarse, Reich salió un momento y tuve la esperanza de poder saludar a Asja a solas, pero ella ni apareció. Por la tarde, Reich supo que Asja no se había sentido bien por la mañana. Tampoco quiso Reich que yo fuera a verla por la tarde. Pasamos parte de la mañana juntos; él me tradujo el discurso pronunciado por Kamenev ante la Komintern. Uno no conoce un lugar hasta no haberlo vivido desde el mayor número posible de dimensiones. Para sentir un sitio como propio hay que haber entrado en él desde los cuatro puntos cardinales, e incluso haberlo abandonado en esas mismas direcciones. De lo contrario uno se lo puede cruzar, inesperadamente, tres o cuatro veces en medio del camino sin siquiera haber pensando en encontrárselo. En un segundo estadio, uno ya lo busca y lo utiliza como punto de orientación. Lo mismo ocurre con las casas. Recién después de mucho divagar en búsqueda de una específica entre tantas otras es que uno puede comprender qué hay en ellas. Desde los arcos de la entrada; sobre los marcos de las puertas; en letras de distintos tamaños, negras, azules, amarillas o rojas; con forma de flechas o con la imagen de unas botas o de ropa recién planchada; o en un porche desvencijado o en el descanso de una escalera; se nos viene encima una vida beligerante, decidida, muda. Hay que haber recorrido también las calles en tranvía para darse cuenta de cómo esta lucha continua sube varios pisos hasta librar, en los techos, su batalla final. Hasta esa instancia sólo resisten las consignas más fuertes y venerables o los carteles publicitarios, y sólo desde el avión se logra tener a la vista la elite industrial de la ciudad (que por aquí se trata de escasos nombres). Por la mañana, visita a la Catedral de San Basilio. Los colores cálidos e íntimos de su fachada relucen en la nieve. La regularidad del terreno de la planta baja permitió una construcción cuya simetría no es perceptible desde ningún punto. Siempre oculta algo y la contemplación sólo podría ser total desde una vista aérea; la percepción cenital fue la única que los constructores no tuvieron en cuenta. A la parte interior de la iglesia no sólo la vaciaron: más bien la destriparon como se hace con un ciervo cazado, para hacer de ella una especie de «museo» que atraiga al público masivo. Con la remoción del mobiliario interior, que a juzgar por los altares barrocos que sobrevivieron era de escaso valor artístico, las enredaderas de flores de tonos vivaces que engalanan las bóvedas y los pasillos cuelgan sin esperanza alguna; como si esto no fuese triste, los muros (pintados sin duda hace mucho tiempo), que en las recámaras evocan ligeramente las coloridas espirales de las cúpulas, pasaron a ser víctimas de la frivolidad del estilo rococó. Los pasillos abovedados son angostos y se ensanchan de golpe en altares o capillas redondas, donde la escasa luz que penetra desde la altura de las ventanas prácticamente impide reconocer los objetos religiosos que han quedado. Hay, sin embargo, una pequeña habitación bien iluminada, atravesada por una alfombra roja, en la que se han expuesto íconos de las escuelas de Moscú y Nóvgorod, además de algunos evangelios —probablemente de un valor incalculable— y también tapices con las imágenes de Adán y de Cristo desnudos, aunque despojados de genitales, en blanco sobre fondo verde.
