Diario de Moscu
Diario de Moscu Ya no recuerdo muy bien cómo transcurrió la mañana. Creo que vi a Asja y luego, después de llevarla al sanatorio, quise ir a la Galería Tretiakov. Pero no pude encontrarla y, con el frío glacial que hacía, anduve vagando por la orilla izquierda del Moscova, entre obras de construcción, campos para desfilar e iglesias allí apostadas. Vi a soldados del Ejército Rojo haciendo prácticas y a niños jugando al fútbol en medio de ellos. Chicas jóvenes saliendo del colegio. Frente a la parada del tranvía que me llevaría de regreso, había una iglesia de un rojo brillante con su torre, sus cúpulas y un largo muro rojo que llegaba hasta la calle. La caminata me resultó todavía más cansadora debido a que llevaba un incómodo paquete con tres casitas de papel de colores que había adquirido, con muchísimo esfuerzo, por el increíble precio de treinta kopeks en una tienda de las calles principales de la orilla izquierda. Por la tarde fui a lo de Asja. Salía a comprarle una torta cuando me azotó en la puerta el comportamiento extraño de Reich, que no respondió a mi saludo. Asumí que estaba de mal humor. En un momento en que él se había ausentado de la habitación, le dije a Asja que seguramente había ido a comprar la torta y luego, cuando regresó con las manos vacías, ella se sintió decepcionada. Cuando regresé, unos minutos después, con la tarta, Reich estaba en la cama. Había sufrido un ataque cardíaco. Asja estaba muy nerviosa. Me di cuenta de que su comportamiento ante el malestar de Reich era idéntico al mío en la época que Dora estaba enferma. Protestaba, trataba de ayudar de una forma imprudente y provocadora, y actuaba como alguien que quiere que la otra persona tome conciencia de cuán injusto es al enfermarse. Reich se fue recuperando poco a poco. Pero este incidente desafortunado implicó que yo fuera solo al Teatro Meyerhold. Más tarde, Asja llevó a Reich a mi habitación. Él durmió en mi cama, y yo en el sofá que Asja me había preparado. Pese a haber sido acortada en una hora después de su estreno, El revisor duró desde las ocho menos cuarto hasta las doce. La obra tenía tres partes, con un total de, si no me equivoco, dieciséis cuadros[56]. Pese a haber ido preparado por los numerosos comentarios de Reich acerca de los efectos visuales de la obra, me conmovió su extravagancia. De hecho, lo más destacable de semejante producción no fue lo suntuoso de su vestuario sino su impactante escenografía[57]. Salvo unas pocas excepciones, las escenas se desarrollaban sobre el espacio diminuto de un plano inclinado que, en cada cambio de acto, modificaba sus decorados y mobiliarios de estilo Imperio. El resultado de ello era un gran número de encantadores cuadros de género acordes con la orientación fundamental de la obra, que no era dramática, sino de análisis sociológico. Aquí se le ha dado gran importancia a esta versión por ser adaptación de una obra clásica del teatro revolucionario, pero se considera que los resultados son fallidos. El Partido se manifestó en contra de la producción, y hasta una opinión moderada del crítico teatral del Pravda fue rechazada por sus editores. Los aplausos que se escucharon en el teatro fueron escasos, pero es muy posible que esto tuviera más que ver con la consigna oficial que con la verdadera impresión causada en el público. La representación en sí fue un deleite para los ojos. Pero este fenómeno se halla relacionado, sin ninguna duda, con la cautela general aquí reinante a la hora de manifestar la opinión en público. Cuando se le pregunta a alguien a quien apenas se conoce acerca de su impresión sobre una obra de teatro o una película intrascendente, lo único que atinan a contestar es: «Dicen que es así y asá», o bien «En general, se opina esto o lo otro». La idea madre de esta obra, la concentración de la acción escénica en un espacio muy reducido, da lugar a una acumulación lujosa de los valores dramáticos que no tiene precedentes, sin descuidar en absoluto la calidad interpretativa. Esto llegó a su apogeo en una escena de fiesta que constituyó una obra maestra de dirección. En un pequeñísimo recuadro se congregaban unas quince personas, apretujadas entre lo que parecían ser unas columnas de papel. (Reich habló de la supresión de la disposición lineal). El efecto en conjunto se asemeja a la arquitectura de una torta (una torta moscovita: sólo aquí podría ser comprensible esta comparación), o, mejor aún, a un grupo de bailarinas de un reloj musical cuya melodía nace a partir de un texto de Gogol. La obra tiene además mucha música, y la pequeña contradanza ejecutada al final sería un número atractivo en cualquier teatro burgués; en un teatro proletario, genera más sorpresas que otra cosa. Las formas de un teatro proletario se ponen de manifiesto en una escena en la que el escenario se halla dividido por una larga balaustrada: delante de ésta se encuentra el revisor y detrás, la masa que sigue todos sus movimientos, mientras desarrolla un juego muy expresivo con su abrigo. Lo sujetan seis u ocho manos, lo tiran sobre los hombros del revisor cuando este se recuesta sobre la baranda. Dormí bastante bien sobre la cama dura.
