Diario de Moscu

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21 de diciembre

Recorrí todo el Arbat hasta llegar al mercado que está junto al bulevar Smolensk. Hacía mucho frío aquel día. Mientras caminaba fui comiendo chocolate que me había comprado en el camino. La primera hilera del mercado, que se extendía a lo largo de la calle, estaba llena de puestos que vendían artículos navideños, juguetes y papelería. En la hilera siguiente vendían artículos de ferretería y para el hogar, zapatos, etc. Se parecía un poco al mercado de la Arbatskaya Ploshchad, pero no creo que aquí vendieran alimentos. Pero antes siquiera de llegar a la zona de puestos, el camino está lleno de cestos de comida, de adornos para los árboles y de juguetes, tan pegados unos a otros, que es casi imposible acceder a la vereda desde la calle. En uno de los puestos compré una postal kitsch; en otro sitio, una balalaika y una casita de papel. También vi aquí rosas de navidad sobre la calle, ramos de flores heroicas que irradian una luz muy intensa de nieve y hielo. Me fue difícil, cargado como iba, encontrar el Museo del Juguete. Lo habían trasladado del bulevar Smolensk a la Ulitsa Krapotkina, y, cuando por fin lo encontré me sentía tan agotado que casi estuve a punto de dar media vuelta en la entrada: pensé que la puerta, que no se abrió de inmediato, estaba cerrada. Por la tarde, visité a Asja. Por la noche fuimos a ver una obra muy mala (Alejandro I e Ivan Kuzmich) al teatro Korsh[59]. El autor descubrió a Reich en un descanso —describió al protagonista de su obra como un primo espiritual de Hamlet—, y sólo a duras penas logramos burlarnos de su vigilancia y escaparnos de los últimos actos. Después del teatro, si mal no recuerdo, compramos comida. Reich durmió en mi habitación.


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