Diario de Moscu

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30 de diciembre

El árbol de Navidad aún está en mi habitación. Poco a poco me las arreglé para sistematizar los ruidos de mi entorno. La obertura arranca temprano por la mañana e incluye toda una serie de leit-motivs: primero, las pisadas en la escalera que está frente a mi habitación y que conduce al sótano. Seguramente ha de tratarse del personal que llega al trabajo. Luego empieza a sonar el teléfono del pasillo, y sonará a lo largo del día prácticamente sin interrupciones, hasta cerca de la una o las dos de la madrugada. La telefonía en Moscú es excelente, muchísimo mejor que en Berlín o en París. No se tarda más de tres o cuatro segundos en obtener tono para hacer una llamada. Bastante a menudo oigo una voz infantil hablando muy alto por teléfono. Las largas cifras hacen que el oído se acostumbre a los números rusos. Después, hacia las nueve, un hombre va de puerta en puerta preguntando si la ventana está completamente cerrada. A esa hora encienden la calefacción. Reich cree que, aunque la ventana esté cerrada por completo, por ella pasan a mi habitación pequeñas cantidades de monóxido de carbono. Es muy posible que esto en efecto suceda, si tenemos en cuenta lo asfixiante que se vuelve el aire de mi habitación por las noches. Como si fuera poco, el piso también despide calor, en algunos sectores parece suelo volcánico. Mientras uno sigue en la cama, el sueño se ve perturbado por un golpeteo rítmico, como si estuviesen preparando unos bistecs gigantescos: parten leña en el patio. Y pese a todo lo mencionado, mi habitación respira tranquilidad. Nunca tuve la oportunidad de vivir en un lugar en el que me resultara tan fácil trabajar. Notas sobre la situación en Rusia. En las conversaciones con Reich he insistido sobre lo contradictoria que es la situación actual. En cuanto a política exterior, el gobierno busca la paz para firmar tratados comerciales con los estados imperialistas, mientras que fronteras adentro sus principales esfuerzos apuntan a la suspensión de comunismo militante, buscando un devenir libre de conflictos de clase, empeñándose en despolitizar la vida de sus ciudadanos en la medida de lo posible. Por otra parte, en las organizaciones vanguardistas, en el Komsomol, se da a la juventud una educación «revolucionaria», lo cual significa que lo revolucionario no les llega como experiencia, sino como un discurso. Se intenta suprimir la dinámica del proceso revolucionario dentro de la vida estatal: con o sin intención, se ha iniciado un período de restauración, y sin embargo tratan de almacenar la energía revolucionaria de la juventud como si se tratara de la energía eléctrica de una pila. Y eso no funciona. El orgullo comunista, que incluso ya tiene una palabra rusa que lo identifica, tiene que ser infundido a los jóvenes, que en su mayoría forman parte de la primera generación a la que se dio una formación superior a la pobre educación que recibieron sus antecesores. Las extraordinarias dificultades que conlleva la restauración se manifiestan también de una forma palpable, en el problema educativo. Para combatir el catastrófico nivel educativo, se decretó la difusión del conocimiento de los clásicos rusos y de Europa Occidental. (Ésta es la principal razón, dicho sea de paso, por la que se ha otorgado tanta importancia a la adaptación de «El Revisor», de Meyerhold, y a su respectivo fracaso). Uno puede darse una idea de cuán importante es este decreto al enterarse que, en un debate reciente que tuvo con Reich acerca de Shakespeare, Lebidinsky[81] sostenía que el dramaturgo inglés había vivido antes que se inventara la imprenta. Desde otro punto de vista: ante la descomposición de la sociedad burguesa, sus valores culturales han entrado en una fase crítica. En su estado actual, bajo la forma que han tomado a lo largo del último siglo en manos de la burguesía, estos valores no pueden expropiarse sin perder en el camino la importancia que después de todo fueron adquiriendo, por cuestionable, o incluso nociva, que esta pueda ser. Estos valores, como si fuesen cristales, han de someterse a un largo transporte al que no podrán resistir si no van convenientemente embalados. Ahora bien, embalarlos implica hacerlos invisibles, algo que se opone a la popularización de esos valores fomentada de manera oficial por el Partido. En la Rusia soviética se pone ahora de manifiesto que estos valores se están popularizando justamente en esa forma adulterada y lamentable que, en último término, deben al imperialismo. A un hombre como Walzel[82] lo nombran miembro de la Academia, y su presidente, Kogan, escribe un artículo en el Vechernie Moska sobre literatura occidental en el que establece conexiones tan arbitrarias como ignorantes (¡Proust y Bronnen[83]!) y en el que pretende, apenas con un puñado de nombres, «informar» a sus lectores sobre literatura extranjera. Probablemente, las únicas manifestaciones culturales de Occidente por las que Rusia muestra una comprensión tan viva como para que merezca la pena ocuparse de ellas, son las de Estados Unidos. Este entendimiento cultural que no se basa en relaciones comerciales concretas, es una técnica utilizada por la variante pacífica del imperialismo, que en el caso de Rusia constituye un fenómeno de la restauración. Por otra parte, el aislamiento de Rusia del extranjero hace que el acceso a la información se vea limitado. Dicho de un modo más preciso: el contacto con el extranjero es administrado por el Partido y atañe principalmente a cuestiones políticas. La clase media alta ha sido aniquilada y la pequeña burguesía incipiente no está, ni material ni espiritualmente, en condiciones de establecer lazos con el exterior. En la actualidad, un visado para realizar un viaje al extranjero que no se haga por encargo estatal o del Partido, cuesta 200 rublos. No hay duda de que en Rusia se sabe del exterior mucho menos de lo que en el exterior (exceptuando, tal vez, a los países latinos) se sabe de Rusia. La mayor preocupación que aquí se tiene es la de establecer dentro del propio territorio, tan inmenso, el contacto entre las distintas nacionalidades y, sobre todo, entre obreros y campesinos. Uno podría equiparar la ignorancia de Rusia del mundo exterior con sus chervonetz (diez rublos): dentro de Rusia es una cantidad de dinero a considerar, pero en el extranjero ni siquiera es reconocida como moneda. Algo sumamente significativo es el hecho de que un actor de cine ruso del montón, Ilynsky, imitador sin escrúpulos y sin gracia de Chaplin[84], tenga aquí la fama de gran cómico sólo porque las películas de Chaplin son tan caras que ni siquiera las importan. Pues, en general, el gobierno ruso invierte muy poco en películas extranjeras. Cuenta a su favor la competencia de industrias fílmicas rivales que buscan conquistar para sí el mercado ruso, por lo cual compra las películas a bajo precio, casi regaladas, como si fueran muestras publicitarias. El propio cine ruso, exceptuando las grandes obras maestras, no es, en conjunto, demasiado bueno. Pelea por definir sus contenidos. En oposición a lo que ocurre con la censura teatral, la censura cinematográfica es de por sí muy estricta, al cine ruso se le recorta la esfera temática, presumiblemente por consideración hacia el extranjero. Es imposible encontrar una película en la cual se critique seriamente a los políticos soviéticos, cosa que no sucede con el teatro. Tampoco es posible encontrar una descripción acertada de la vida burguesa. También escasea aquí el espacio dedicado a la comedia grotesca americana, dado que ésta se basa en un juego desinhibido con la técnica. Aquí, todo lo técnico es sagrado: no hay nada que se tome más en serio que la técnica. Y otra cosa, por sobre las demás: el cine ruso no conoce de erotismo. Es bien sabido que la trivialización del amor y de la vida sexual es algo inherente al credo comunista. Presentar en el cine, o en el teatro, enredos amorosos trágicos sería considerado como propaganda contrarrevolucionaria. Queda la posibilidad de realizar una comedia social de carácter satírico cuyo blanco sería esencialmente la nueva burguesía. La importante cuestión que se plantea es saber si el cine, uno de los avances tecnológicos más importantes a la hora de ejercer el dominio imperialista sobre las masas, puede ser expropiado con dichos fines. Por la mañana estuve trabajando; más tarde me fui con Reich al Gosfilm, pero Pansky se había ausentado. Fuimos al Museo Politécnico. La entrada a la exposición de pintura de enfermos mentales resultaba encontrarse en una calle lateral. La exposición en sí era algo mediocre; desde el punto de vista artístico el material era, casi sin excepción, poco interesante, aunque estaba bien presentado y, sin duda, consta de valor científico. Mientras estábamos allí tuvo lugar una breve visita guiada, en la cual la única información que se daba ya aparecía reseñada en pequeñas tarjetas que acompañaban las obras expuestas. Desde ahí, Reich se marchó al Dom Herzena; yo fui más tarde, ya que pasé primero por el Kameneva a buscar entradas para ir a la noche a ver a Tairov. La tarde con Asja, nuevamente monótona. Reich consiguió que un ucraniano del sanatorio le prestara un abrigo de piel para el día siguiente. Llegamos a tiempo al teatro. Daban El deseo bajo los olmos, de O’Neill[85]. La representación era muy mala, la performance de Koonen[86] particularmente decepcionante y carente por completo de interés. Lo que sí resultó interesante (aunque también equivocado, como indicó Reich con buen tino) fue la fragmentación de la obra en diferentes escenas (filmización) mediante la bajada del telón y el cambio de iluminación. El ritmo era mucho más rápido del que es habitual aquí, y el dinamismo de los decorados hacía que se viera todavía más acelerado. La escenografía consistía de tres espacios superpuestos: en la planta baja, una gran sala con vista al exterior y con una salida. En ciertas partes de la obra, las paredes se levantaban en un ángulo de 180º, de forma tal que uno tenía la visión de puertas para afuera. Había dos habitaciones más en el primer piso, al cual se llegaba a través de una escalera que se encontraba separada de la vista del público por unos listones. Era fascinante seguir con la mirada las subidas y bajadas de los personajes detrás de ese enrejado. Del telón de asbesto cuelgan seis apartados que promocionan el programa de la semana siguiente (el teatro cierra los lunes). A pedido de Reich, pasé la noche en el sofá, y prometí despertarlo por la mañana.


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