Diario de Moscu

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31 de diciembre

Hoy Reich fue a visitar a Daga. Asja llegó cerca de las diez (yo aún no estaba listo) y fuimos a lo de su modista. Toda esta excursión resultó insulsa y deslucida. Comenzó con sus reproches: que llevo a Reich de un lado para otro y le generó cansancio. Después me confesó que había estado furiosa conmigo durante todo el día por la blusa de seda que le había llevado. Se desgarró la primera vez que se la puso. Encima cometí la idiotez de decirle que la había comprado en Wertheim[87] (una mentira blanca y estúpida). Aparte, me sentía aún menos capaz de decir nada debido a que la permanente espera de noticias de Berlín ya comenzaba a afectarme. Finalmente nos sentamos unos minutos en un café. Pero fue como si no lo hubiéramos hecho. Asja no pensaba en otra cosa que en volver a tiempo al sanatorio. No tengo idea de por qué en los últimos días desapareció todo lo que había de vivo en los momentos que compartimos y en las miradas que intercambiamos. Pero mi estado de inquietud me impide disimularlo. Y para ser honestos, no me siento capaz de prestarle la atención exclusiva que Asja demanda si no hay ningún estímulo o signo de amabilidad de su parte. Ella tampoco se encuentra bien, a causa de Daga: las noticias que trajo Reich sobre ella no colaboraron mucho que digamos con su tranquilidad. Estoy considerando en limitar mis visitas de la tarde. Estos días hasta encuentro opresiva su pequeña habitación, en la que siempre hay no menos de tres o cuatro personas, y el número es aún mayor cuando la compañera de habitación de Asja tiene visita. Escucho hablar tanto ruso y no entiendo nada, termino leyendo o durmiendo. A la tarde le llevé tortas a Asja. No hizo más que irritarse, estaba con el peor humor posible. Reich había llegado media hora antes (yo había querido terminar de escribir una carta a Hessel[88]), y lo que contó de Daga la exaltó sobremanera. El ambiente permaneció bastante sombrío durante todo el rato que estuvimos juntos. Me fui temprano al Teatro Meyerhold a sacar entradas para ella y para mí, donde aquella noche se representaba Dayosh-Europa. Antes fui un momento al hotel para informar que la obra comenzaba a las ocho menos cuarto. Aproveché la ocasión para ver si tenía correo: no había llegado nada. Al mediodía, Reich me había puesto en contacto con Meyerhold, que me había prometido entradas. Con enorme dificultad logré llegar hasta donde estaba el asistente de dirección para recogerlas. Para mí sorpresa, Asja llegó puntual. Se había vuelto a poner la bufanda amarilla. Su cara tiene un brillo que asombra por estos días. Cuando nos encontrábamos delante de un póster, antes de que empezara la obra, le dije: «La verdad es que Reich es un tipo fabuloso». «¿?». «Si esta noche hubiera tenido que quedarme solo, me habría ahorcado a causa de semejante tristeza». Pero ni siquiera estas palabras sirvieron para animar nuestra charla. La revista era bastante interesante, y durante un momento —ya no recuerdo en qué parte de la obra fue— nos volvimos a sentir más cercanos. Ya recuerdo. Fue en la escena del «Café Riche», con la música y los bailes apaches. «Hace ya quince años —le dije a Asja— que este romanticismo apache recorre toda Europa, la gente sigue cayendo a sus pies cada vez». En los descansos hablamos con Meyerhold. En el segundo de estos, le pidió a una señora que nos acompañase al «museo», donde se guardan las maquetas de sus decorados. En él vi el excelente mobiliario de Le cocu magnifique[89], los famosos decorados de El profesor Bubus[90], con su revestimiento de bambú (las cañas acompañan la entrada y la salida en escena de los actores, también lo hacen en todas las partes importantes de la obra, con golpes de diferente intensidad), la proa de Rychi Kitai![91], con el agua situada al frente del escenario, y varias otras cosas. Me hicieron firmar un registro de visitas. A Asja le disgustó el tiroteo del último acto. Durante el primer intervalo, cuando estábamos buscando a Meyerhold (al que no encontramos hasta el final de este), yo me adelanté un poco al subir las escaleras. Entonces sentí en el cuello la mano de Asja. La solapa de mi saco se había dado vuelta y ella me la estaba colocando en su lugar. Al sentir aquel contacto, me di cuenta del tiempo que había estado yo sin sentir el roce amable de una mano. A las once y media estábamos nuevamente en la calle. Asja me reprochó no haber nada; dijo que si lo hubiera hecho, ella habría venido a casa a festejar la noche de Año Nuevo conmigo. Propuse ir a un café, pero no accedió. Ni tampoco aceptó la posibilidad de que tal vez Reich hubiera comprado comida. La acompañé a casa, triste y taciturno. Esa noche la nieve brillaba como las estrellas (en algún momento de la noche vi cristales de nieve sobre el abrigo de Asja, algo muy poco probable en Alemania). Al llegar a la puerta de su casa le pedí, más por despecho y para tantearla que por un sentimiento real, que me diera un último beso antes de acabar el año. Pero no me lo dio. Me di vuelta, ya casi era Año Nuevo, y me fui solo, sí, pero no tan triste. Después de todo, sabía que Asja también estaba sola. Al llegar al hotel escuché que una campana empezaba a sonar. Me detuve un momento a escucharla. Reich estaba decepcionado al abrirme la puerta. Había comprado muchas cosas: oporto, halva, salmón y salchichas. Ahora me sentía mucho más disgustado ante el hecho de que Asja no volviera conmigo a casa. Pero rápidamente una animada conversación nos hizo pasar el rato. Y mientras yacía en la cama, seguí comiendo en cantidad y bebiendo unos buenos tragos de oporto, tanto que, al final, ya sólo pude mantener la conversación de una manera mecánica y no con poco esfuerzo.


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