Diario de Moscu
Diario de Moscu En las calles venden ramos de Año Nuevo. Pasando por la Plaza Strasnoi vi a alguien que en sus manos llevaba unas varas muy largas con pimpollos de papel (verdes, blancas, azules y rojas), pegadas en la punta; cada rama era de un color diferente. Me gustaría escribir sobre las «flores» de Moscú, refiriéndome no sólo a las heroicas rosas de Navidad, sino también a las inmensas malvas reales de las tulipas de las lámparas que los vendedores transportan con mucho orgullo por la ciudad. También hay tartas con forma de cornucopias de las que salen bombones y pralinés envueltos en papel de diversos colores. Tortas en forma de lira. El «repostero» típico de la antigua literatura infantil parece haber sobrevivido sólo en Móscú, pues en ningún otro lugar se encuentran imágenes hechas exclusivamente de azúcar hilada, conos de caramelo con los que la lengua se toma revancha del horrible frío. También habría que mencionar a la escarcha como fuente de inspiración; los pañuelos de las campesinas, con sus diseños tejidos con lana azul, reproducen las rosetas de hielo de las ventanas. El inventario de las calles es inagotable. A través de los anteojos de las ópticas divisé cómo de repente el cielo se tiñe de color meridional al anochecer. Y los anchos trineos, divididos en tres casilleros para los maníes, las avellanas y las semechki (semillas de girasol que, por un decreto del Soviet, ya no se pueden vender en lugares públicos). Luego vi a un hombre que vendía patinetas para muñecas. Y por último, los cestos de basura de aluminio: está prohibido tirar nada a la calle. Algo más acerca de los carteles de los negocios: hay algunos escritos en alfabeto romano: café, tailleur. Todas las cervecerías indican lo mismo: Pivnaya, pintado sobre un fondo en el que un verde descolorido en el borde superior se desvanece paulatinamente en un amarillo sucio. Muchos de los carteles de los negocios dan hacia la calle en ángulo recto. Permanecí en la cama durante buena parte de la mañana de Año Nuevo. Reich no se levantó tarde. Debimos haber hablado por más de dos horas, pero ya no recuerdo de qué. Salimos hacia el mediodía. Al encontrar cerrada la pequeña taberna en la que solemos comer los días festivos, fuimos al hotel Liverpool. Ese día hacía muchísimo frío, a punto tal que me costaba desplazarme. Conseguí un buen lugar en la mesa, en la esquina, donde tenía a mi derecha una ventana que daba a un patio cubierto de nieve. Ya he logrado no echar de menos la bebida en la mesa. Pedimos el menú corto. Lástima que lo sirviesen tan rápido, pues me hubiera gustado quedarme un rato más sentado en aquel lugar recubierto de madera y con pocas mesas. En el establecimiento no había ni una sola mujer, hecho que encontré bastante tranquilizador. Descubro cómo esa gran necesidad de calma que ahora me invade al librarme de la agonizante dependencia de Asja encuentra fuentes donde saciarse en todas partes. Y por supuesto, comida y bebida por sobre todas las cosas. Incluso la idea de mi largo viaje de regreso ha adquirido un efecto tranquilizador en mí (siempre y cuando no empiece a preocuparme por las cosas de casa, como me ha ocurrido durante los últimos días), como también lo hacen la idea de leer una novela policial (algo que ya casi no hago, pero que tengo en mente) y la partida diaria de dominó en el sanatorio, que de vez en cuando me ayuda a eliminar la tensión que siento cuando estoy frente a Asja. Partida que hoy, que yo recuerde, no sucedió. Le pedí a Reich que me comprara unas mandarinas que le quería llevar a Asja. No tanto porque me las hubiera pedido la noche anterior (en aquel momento, incluso me había negado) sino por tener una excusa que me permitiera tomar un poco de aire en medio de nuestra apresurada marcha a través del frío. Pero Asja tomó la bolsa (sobre la que, sin decírselo, yo había escrito «Feliz Año Nuevo») a regañadientes (y sin fijarse en la inscripción). Por la noche, en casa, escribiendo y hablando. Reich comenzó a leer el libro sobre el Barroco.
