Diario de Moscu

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7 de enero

El capitalismo de Estado ha conservado en Rusia muchos de los rasgos de la etapa inflacionaria. Sobre todo, la inseguridad jurídica en asuntos domésticos. Por un lado, se autorizó la NEP; por otro, sólo tiene validez cuando hay interés estatal de por medio. Cualquier «hombre-NEP» puede convertirse, de un día para el otro, en víctima de un cambio radical de la política económica e, incluso, del capricho propagandístico de turno. No obstante, en algunas manos se acumulan, visto desde la óptica rusa, increíbles fortunas. He oído hablar de gente que tiene que pagar más de tres millones de rublos de impuestos. Estos ciudadanos son la contraparte del heroísmo del comunismo de guerra, el suyo es un heroísmo de «hombres-Nep». En la mayoría de los casos se ven abocados a seguir estos derroteros con total independencia de sus propios planes. Pues la característica distintiva de la época de la NEP en lo que se refiere al comercio interior es justamente la limitación de la inversión estatal a los artículos de estricta necesidad. Esto da lugar a una coyuntura muy favorable para el desarrollo de los negocios del «hombre-Nep». Otro de los rasgos de la era inflacionaria son también los vales, el único medio para adquirir muchos productos en los almacenes estatales; de ahí el origen de las largas colas que se forman. La moneda es estable pero el papel sigue ocupando un espacio muy importante en la vida económica, dado que los precios de muchos de estos productos aparecen en la forma de estos vales. Incluso la actitud indiferente para con la vestimenta es algo que sucedió en Europa Occidental sólo bajo el signo de la inflación. Hay que reconocer que la convención que indica que no importa cómo uno se viste comienza a darse vuelta. Lo que alguna vez fue uniforme de la clase dominante, amenaza con convertirse en el símbolo de los más débiles. En los teatros, los primeros vestidos de gala comienzan a asomar tímidamente, como la paloma de Noé después del diluvio. Pero el aspecto de la gente aún permanece bastante homogéneo, de aspecto proletario. Al parecer, ha desaparecido por completo la costumbre europea occidental de cubrirse la cabeza, ya no se ven sombreros rígidos ni flexibles. Lo que predomina son los gorros rusos de piel o las gorras deportivas, utilizadas también por algunas jóvenes en variantes tan atractivas como provocativas (con unas viseras muy grandes). En general, la gente no suele sacárselos en público. Ni se ve tan a menudo como antes el saludo formal levantando el sombrero. En cuanto al resto de la indumentaria, predomina ya la variedad oriental. Tanto en hombres como en mujeres se observa una mezcolanza de camisetas de piel, camperas de cuero y de terciopelo, elegancia cosmopolita y trajes aldeanos. De vez en cuando, como ocurre también en otras grandes ciudades, aparece alguna mujer vistiendo el traje nacional campesino. Este día me quedé la mayor parte de la mañana en casa. Luego fui a ver a Kogan, el presidente de la Academia. No me sorprendió su comportamiento incoherente; todo el mundo me había advertido de ello. Fui al Kameneva a buscar entradas para el teatro. Durante la interminable espera me dediqué a hojear un libro sobre los pósters de la Revolución Rusa, con numerosas y excelentes ilustraciones, algunas en color. Me llamó la atención el hecho de que por muy efectivos que resulten estos pósters, no hay nada en ellos que no pueda extrapolarse fácilmente de los elementos estilísticos del arte decorativo burgués y no precisamente de uno muy elaborado. No encontré a Reich en el Dom Herzena. Fui a lo de Asja y estuve a solas con ella al principio. O estaba muy decaída, o sólo lo fingía para evitar tener una conversación conmigo. Luego apareció Reich. Yo me marché para arreglar con Basseches nuestra salida al teatro y al no poder localizarlo por teléfono tuve que ir a su casa. Pasé toda la tarde con dolor de cabeza. Después fuimos con su novia, una cantante de opereta, a ver Shtorm. La novia parecía muy tímida y, además, no se encontraba bien, por lo que volvió a su casa una vez finalizada la obra. Shtorm expone situaciones del comunismo de guerra agrupadas en torno a una epidemia de tifus desatada en el campo. Basseches tuvo la atención de traducirme todo y la interpretación fue mejor de lo habitual, de modo que le saqué un gran provecho a la velada. La obra carece de trama, algo que, según palabras de Reich, sucede con todas las obras rusas. A mi parecer, tenía el interés informativo de una buena crónica; interés que, sin embargo, no es de índole dramático. Hacia la medianoche fui a cenar con Basseches al kruzhok[101] de la Tverskaya. Pero como era día de celebración navideña según el antiguo calendario, el club no estaba demasiado animado. La comida fue excelente. El vodka estaba saborizado con una esencia de hierbas aromáticas que le daba un color amarillo y lo hacía mucho más fácil de beber. Conversamos sobre el proyecto de escribir un informe sobre arte y cultura franceses para que sea publicado en los periódicos rusos.


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