Diario de Moscu

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12 de enero

Hoy compré en el Museo Kustarny una caja laqueada en cuya tapa aparecía pintada, sobre fondo negro, una vendedora de cigarrillos. A su lado hay un arbolito muy delgado y, junto a este, un niño. Es una escena invernal, pues en el suelo hay nieve. La de las dos muchachas también sugiere que se trata de un ambiente nevado, pues por la ventana del cuarto en el que están sentadas parece filtrarse un aire azul congelado. Pero no es seguro. Esta nueva caja me ha resultado mucho más cara. La elegí de entre una gran selección entre las que había también muchas opciones horribles: copias serviles de antiguos maestros. Las cajas que tienen una capa dorada (que se remontan, al parecer, a modelos más antiguos) parecen ser especialmente caras, pero a mí no me gustan. El motivo distintivo de las cajas más grandes es bastante moderno. En el delantal de la vendedora figura escrita la palabra Mosselprom[109]. Recuerdo que una vez estuve parado largo rato frente a la vidriera de un negocio muy elegante de la Rue du Faubourg Saint-Honoré mirando cajas como estas. Pero aquella vez rechacé la tentación de comprar una con la idea de que fuese Asja quien me la regalase o, en su defecto, esperar a llegar a Moscú para adquirir una. Esta pasión mía proviene de la gran impresión que siempre me causó una caja semejante que había en la casa que Bloch tenía con Else en Interlaken[110]. Desde entonces puedo imaginarme la impresión tan imborrable que tales imágenes sobre fondo laqueado en negro han de causar en los niños. Ya no recuerdo el motivo que decoraba la caja de Bloch. Hoy encontré también unas postales fantásticas que llevaba buscando desde hacía mucho tiempo, pertenecientes a un viejo género invendible de la época zarista. Se trata principalmente de ilustraciones en cartón prensado de colores, también hay otras con paisajes siberianos (con una de las cuales planeo deslumbrar a Bloch), etc. Las encontré en un negocio de la Tverskaya y, como el propietario habla alemán, no tuve que hacer el esfuerzo que normalmente me exige el comprar aquí, pudiendo tomarme mi tiempo. Me había levantado y salido de casa bien temprano por la mañana. Luego, cerca de las 10, había aparecido Asja, que encontró a Reich todavía en la cama. Se quedó una media hora, caricaturizando a actores y parodiando al cantante que compuso «San Francisco», una canción de cabaret que ella le había oído cantar aparentemente en bastantes ocasiones. Yo conocía la canción de cuando estuvimos en Capri, donde ella la solía cantar a veces. En un principio había esperado poder acompañarla por la mañana e ir luego juntos a un café. Pero se hizo demasiado tarde. Salí con ella, la dejé en el tranvía y me fui luego solo. Esta visita matinal tuvo un efecto benéfico que duró todo el día. Debo reconocer que me sentí algo insatisfecho en la Galería Tretiakov. Las dos salas que más deseaba ver estaban cerradas. En compensación, las otras salas resultaron ser para mí una maravillosa sorpresa: pude recorrer el museo como nunca había tenido la chance de hacerlo con alguna colección desconocida; completamente relajado y entregado al disfrute casi infantil que me causaba contemplar las historias que los cuadros narraban. La mitad del museo la integran cuadros de pintura rusa de género. Su fundador comenzó a adquirir obras hacia 1830 (¿?), interesándose casi exclusivamente en artistas contemporáneos. Posteriormente, amplió el horizonte de su colección hasta abarcar los alrededores del 1900. Y teniendo en cuenta que las cosas más antiguas —exceptuando los íconos— parecen datar de la segunda mitad del siglo XVIII, este museo refleja, en su totalidad, la historia de la pintura rusa del siglo XIX. Fue ésta una época en la que predominó la pintura de género y paisajística. Lo que vi me hace suponer que, de entre todos los pueblos europeos, son los rusos los que han cultivado de una forma más intensa la pintura de género. Y aquellas paredes llenas de cuadros narrativos, de representaciones de escenas de los estamentos más diversos de la vida, convierten a esta galería en un gran libro ilustrado. Había aquí muchos más visitantes que en las otras colecciones que fui a ver. Basta con ver cómo se mueven por las salas, ya sea en grupo, en torno a un guía o en solitario, para darse cuenta de lo cómodos que están, de lo ajenos que se sienten a ese triste abatimiento presente en los escasos proletarios que se ven en los museos occidentales: en primer lugar, porque el proletariado ha empezado realmente a tomar posesión de los recursos culturales de la burguesía y, en segundo lugar, porque esta colección, precisamente, les resulta a los proletarios muy familiar y acogedora. En ella encuentra temas de su propia historia: «La pobre institutriz llega a la casa del rico comerciante», «Conspirador sorprendido por los gendarmes», y el hecho de que tales escenas estén imbuidas enteramente del espíritu de la pintura burguesa no sólo no es perjudicial, sino que además se la hace aún más accesible. La educación artística (como ya lo da a entender tan bien Proust) no se fomenta precisamente con la contemplación de las «obras maestras». Antes bien sucede que el educando, niño o proletario, considera como obras maestras a cosas muy diferentes de las consideradas como tales por el coleccionista, y no sin razón. Esos cuadros tienen para él un significado muy transitorio, aunque sólido, y el criterio más riguroso sólo se justifica aplicándolo al arte actual que hace referencia a él mismo, a su clase social y a su trabajo En una de las primeras salas me detuve largo rato frente a dos cuadros de Shchedrin[111]: uno del puerto de Sorrento y otro de un paisaje de la misma zona; en ambos se veía la indescriptible silueta de Capri, que para mí siempre estará ligada a Asja. Quise escribirle unas líneas, pero había olvidado el lápiz. Esta inmersión de su persona en mi mente cuando apenas iniciaba la visita al museo determinó también el espíritu de mi contemplación posterior. Vi retratos muy buenos de Gogol, Dostoyevski, Ostrovski, Tolstoi. En uno de los subsuelos, al cual se accedía escaleras mediante, había muchas cosas de Vereschagin[112]. Salí muy alegre del museo. La verdad es que había entrado ya con ese estado de ánimo, y la culpa de ello la tuvo, más que nada, la iglesia de ladrillos rojos que se encuentra junto a la parada del tranvía. Era un día frío, aunque quizá no tan frío como aquel en que estuve aquí por primera vez, buscando el museo sin poderlo encontrar, a pesar de que éste estaba frente a mis narices. Finalmente, hubo lugar en el día para pasar un rato agradable con Asja. Reich se había marchado poco antes de las siete, ella lo había acompañado abajo y se quedó allí bastante tiempo. Cuando por fin volvió yo seguía solo, aunque los minutos que nos quedaron para estar a solas fueron muy pocos. Ya no recuerdo lo que sucedió: de pronto fui capaz de mirar a Asja con mucho cariño y noté lo mucho que se sentía atraída por mí. Le hice un breve resumen de lo que había hecho a lo largo del día. Pero tenía que marcharme. Le di la mano y ella la retuvo entre las suyas. Le hubiera encantado seguir hablando conmigo y yo le dije que si me aseguraba que vendría a visitarme esa noche, yo cancelaría mis planes, que incluían ir a ver la obra de Tairov. Pero, finalmente, ella dudaba que el médico la dejara salir. Quedamos en que vendría a visitarme alguna de las noches siguientes. La obra de Tairov era Día y noche, basada en una opereta de Lecocq[113]. En el teatro me encontré con el americano con el que estaba citado. Pero su intérprete no me sirvió de mucho: sólo se dirigía a él. Y como la trama era un tanto compleja, tuve que conformarme con las bonitas escenas de ballet.


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