Diario de Moscu

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14 de enero

Este día y el siguiente fueron muy desagradables. El reloj ya marca la hora de «salida». El frío es cada vez más intenso (siempre se mantiene por debajo de los veinte grados bajo cero) y el cumplimiento de las obligaciones pendientes resulta más difícil. Los síntomas de la dolencia de Reich (aún no sé sabe lo que tiene) se hicieron también más evidentes, de modo que cada vez es menos lo que puede hacer por mí. Este día fue a ver a Daga, muy bien abrigado. Yo aproveché la mañana para ver las tres estaciones de tren: la de Kursk[119], la de Octubre (de la que salen los trenes para Leningrado), y la de Yaroslavski, (de donde salen los que van a Siberia). El comedor de la estación está lleno de palmeras y da a una gran sala de espera pintada de azul. Eso hace que uno se sienta como en el zoo, en el pabellón de los antílopes. Mientras me tomaba un té, pensaba en el regreso. Tenía frente a mí una bonita bolsa roja con un tabaco de Crimea estupendo que había comprado en uno de los puestos que hay delante de la estación. Luego estuve comprando algunos juguetes. En Okhotni Riad había un vendedor de juguetes de madera. Tengo la sensación de que ciertos artículos salen a la venta callejera de a camadas. Por ejemplo, por primera vez pude ver aquí unas hachas de madera para niños, con diseños en pirograbado. Al día siguiente vería un canasto repleto de ellas. Compré un gracioso modelo de una máquina de coser de madera cuya «aguja» se pone en movimiento girando una manivela y una muñeca de papel maché que se columpia sobre una caja de música, una imitación deficiente de un tipo de juguete que había visto en el museo. Después ya no pude aguantar el frío y, con paso vacilante, me dirigí a un café. Parecía ser un establecimiento muy particular. En la pequeña sala había algunos muebles de caña, los alimentos llegaban de la cocina a través de una puerta corrediza empotrada en la pared y sobre un gran mostrador se veían unos cuantos zakuskis («aperitivos»): fiambres, pepinos, pescado. Había también una vitrina, como en los restaurantes franceses e italianos. No conocía el nombre de ninguna de las cosas que me hubiesen apetecido, así que me decidí por el calor de una taza de café. Luego salí y me puse a buscar por entre las «líneas comerciales superiores» la vidriera donde me habían llamado la atención, uno de los primeros días, las muñecas de barro. Aún estaban allí. Al pasar por el pasaje que comunica la Plaza de la Revolución con la Plaza Roja, me fijé mejor en los vendedores ambulantes tratando de tomar nota de algunas cosas que hasta entonces me habían pasado inadvertidas: venta de lencería femenina (corsés), de corbatas, de chales, de perchas para la ropa Finalmente, hacia las dos, llegué, completamente agotado, al Dom Herzena, en donde no sirven el almuerzo sino hasta cerca de las dos y media. Después de comer fui a casa a dejar los juguetes. Llegué al sanatorio cerca de las cuatro y media. Cuando subía por la escalera, me encontré con Asja, que estaba a punto de irse a la modista. En el camino le conté lo que me había dicho Reich (que había llegado a mi habitación justo después que yo) acerca de la salud de Daga. Parecía ser noticias alentadoras. Y así seguimos avanzando hasta que, de pronto, Asja me preguntó si no le podría prestar algo de plata. Justo el día anterior yo había estado evaluando con Reich la posibilidad de que me prestase 150 marcos para el viaje de vuelta; le dije entonces a Asja que no tenía plata, sin saber para qué la necesitaba. Me contestó que nunca se podía contar conmigo cuando se necesitaba dinero y empezó a hacerme reproches, hizo mención a la habitación de Riga que debería haberle alquilado, etc. Yo estaba bastante cansado y, además, sumamente irritado por el tema de conversación iniciado por ella con tan poco tacto. Resultaba que el dinero lo quería para alquilar un departamento que se había enterado que estaba disponible. Quise tomar otro camino pero ella me retuvo, agarrándose a mí como casi nunca lo había hecho, impidiendo que cambiáramos de tema. Finalmente, dejando mi ira a un lado, le dije que me había engañado, pues me había prometido por carta restituirme enseguida el dinero de los gastos de Berlín y, hasta el momento, ni Reich ni ella habían dicho una palabra del asunto. Eso fue un golpe certero. Yo me violenté todavía más y seguí atacándola hasta que ella, acelerando el paso, me dejó con la palabra en la boca. Yo no la seguí; me di media vuelta y me fui a casa Por la noche había quedado con Gnedin. Vendría a buscarme para que fuéramos juntos a su casa. Y efectivamente vino, pero nos quedamos en mi habitación. Me pidió disculpas por no llevarme: su mujer estaba preparando un examen y no tenía tiempo para perder. Nuestra conversación se prolongó hasta cerca de las once, por espacio de unas tres horas. Yo empecé manifestándole mi pesar y mi disgusto por haber conocido de Rusia tanto menos de lo que esperaba. Ambos coincidimos sobre el hecho de que la única manera de hacerse una idea de la situación era hablar con el mayor número posible de personas. Mostró mucho empeño en intentar facilitarme alguna que otra cosa antes de mi partida. Por ejemplo, concertó conmigo una cita para el mediodía siguiente, en día domingo, para ir al Teatro del Proletkult. Pero cuando llegué no lo encontré y me tuve que volver a casa. También prometió invitarme a una representación en cierto club, pero en este caso sin fijar fecha alguna. El programa previsto consistía en, por decirlo de algún modo, ceremonias experimentales para bautismos, casamientos, etc. Aquí desearía añadir lo que Reich me contó hace algún tiempo sobre los nombres de los bebés dentro de la jerarquía comunista. Desde el momento en que pueden señalar con el dedo el retrato de Lenin se les llama oktiabrs. Aquella noche aprendí también otro término extraño. Es la expresión «viejas glorias» (byvshie lyudi) para referirse a los grupos de ciudadanos desposeídos por la Revolución que no se han podido adaptar a la nueva situación. Gnedin habló también de los constantes cambios organizativos, que aún habrán de prolongarse durante años. Todas las semanas se introducen nuevas modificaciones organizativas con el afán de descubrir cuáles puedan ser los métodos más idóneos. También hablamos de la desaparición de la vida privada. De que simplemente no hay tiempo para tener una. Gnedin me contó que durante la semana no ve nada más que a las personas con las que se relaciona en el trabajo, además de a su mujer y a su hijo. El resto de los contactos queda restringido para los domingos. Pero estos vínculos son más endebles, pues con sólo perder el contacto por tres semanas, uno puede estar ya totalmente convencido de no volver a saber nada de ellos durante mucho tiempo, ya que, entretanto, nuevas amistades habrán venido a reemplazar a las antiguas. Luego acompañé a Gnedin a la estación y mientras caminábamos, hablamos cuestiones aduaneras.


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