Diario de Moscu
Diario de Moscu Estuve casi toda la mañana escribiendo en mi habitación. Como Reich tenía que ocuparse de algunos asuntos en la Enciclopedia a la una, quise aprovechar la situación, no tanto para hacer lobby por mi artículo sobre Goethe (había perdido todas las esperanzas al respecto) sino para desarrollar más a fondo una sugerencia que me había hecho Reich y para que él no creyera que yo era un vago. De lo contrario, era probable que también le atribuyera la culpa de que hubieran rechazado mi artículo sobre Goethe a mi falta de esmero. Me costó mucho contener la risa cuando finalmente me encontré cara a cara con el profesor en cuestión. Después de que le dije mi nombre, saltó de la silla, fue a buscar mi artículo y trajo también a una secretaria como refuerzo. Primero me ofreció otros artículos sobre el barroco. Expresé mi intención de tomar la aceptación de mi artículo sobre Goethe como una condición previa para futuras colaboraciones. Luego, enumeré mis publicaciones, destaqué mis aptitudes como me había aconsejado Reich y estaba justo en medio de eso cuando él entró. Pero se sentó lejos de mí y empezó a hablar con otro funcionario. Me informarían su decisión en un par de días. Después tuve que esperar a Reich en el vestíbulo un rato largo. Finalmente, nos fuimos; me explicó que pensaban ofrecerle el artículo sobre Goethe a Walzel[144]. Fuimos a ver a Panksy. Es difícil de creer —pero no imposible— que tiene veintisiete años, según me informó Reich más tarde. La generación que participó activamente durante el período de la Revolución está envejeciendo. Es como si la estabilización de la situación del estado le hubiera dado una tranquilidad o una ecuanimidad a su vida que uno normalmente alcanza con la vejez. De todas formas, a Panksy no le queda ni un poco de encanto, que al parecer es lo que sucede con los moscovitas. Mis expectativas aumentaron cuando dijo que el lunes siguiente proyectarían varias películas que yo quería ver antes de escribir el artículo contra Schmitz que me había pedido el Literarische Welt. Fuimos a comer. Luego volví a casa porque Reich quería hablar con Asja en privado. Más tarde, estuve arriba de visita durante una hora y después fui a lo de Basseches. La mayor desilusión de la noche en casa de Maximilien Schick, el director del banco, fue que no hubo cena. No había comido prácticamente nada durante el almuerzo y moría de hambre. Así que, cuando finalmente sirvieron el té, me llené de torta sin ningún reparo. Schick viene de una familia muy adinerada, estudió en Munich, Berlín y París, y sirvió en la guardia militar rusa. Ahora vive con su mujer y su hijo en una habitación que dividieron en tres. Es un claro ejemplo de lo que aquí denominan «viejas glorias». No sólo es así desde el punto de vista sociológico (e incluso aquí es una especie de excepción dada su importante posición), pero incluso «vieja gloria» en cuanto a su período productivo. Por ejemplo, publicaba poemas en Die Zukunft[145] e incluso artículos en revistas que ya nadie recuerda. Pero sigue aferrándose a sus antiguas pasiones y, en su estudio, hay una modesta pero selecta biblioteca de obras francesas y alemanas del siglo diecinueve. Mencionó cuánto había pagado por algunos de los volúmenes más valiosos y los precios indicaban que los vendedores los consideraban basura. Durante el té, intenté sacarle información sobre la literatura rusa contemporánea. Mis esfuerzos fueron en vano. No hay prácticamente nada que aprecie aparte de Briusov[146]. Sentada con nosotros, había una mujer pequeña, muy bonita, que a simple vista se notaba que no trabajaba. Pero no le interesaban los libros y, afortunadamente, Basseches le hacía bastante compañía. Para devolverme por adelantado varios favores que espera que le haga en Alemania, Schick me llenó de libros infantiles para nada interesantes y sin ningún tipo de valor, de los cuales no pude rechazar ninguno. Hubo uno solo que acepté con mucho gusto, no porque tuviera valor alguno, sino más bien porque me pareció simpático. Después de marcharnos, afortunadamente Basseches me arrastró hasta la Tverskayia con promesas tentadoras de mostrarme un café frecuentado por prostitutas. No vi nada que valiera la pena en el café, pero comí pescado frío y cangrejo. Lo acompañé en un trineo de lujo hasta la intersección de Sadovaya y Tverskaya.
