Diario de Moscu
Diario de Moscu Hoy es el aniversario de la muerte de Lenin. Todos los lugares de entretenimiento permanecerán cerrados pero, por el «régimen económico», el feriado comercial y administrativo cae mañana, sábado, que de todas maneras es un día de media jornada laboral. Salí temprano para ir a ver a Schick al banco y me enteré de que ya estaba decidido que yo visitara a Muskin[147] el sábado para ver su colección de libros infantiles. Cambié plata y fui al museo de juguetes. Esta vez, progresé un poco. Me prometieron que el martes me avisarían por el tema de las fotos que yo quería que hicieran. Pero luego me mostraron unas de las que había negativos. Como son muchísimo más baratas, encargué alrededor de veinte. Esta vez, también les presté especial atención a los objetos de arcilla de Viatka La noche anterior, cuando estaba yéndome, Asja me había invitado para que la acompañara el teatro infantil que presenta espectáculos en el edificio de Ars cinema, que queda sobre la Tverskaya. Pero cuando llegué, el teatro estaba desierto; me di cuenta de que no era probable que hubiera un espectáculo hoy. Luego de informarme que el teatro estaba cerrado, el guardia procedió a echarme del lobby, donde yo intentaba entrar un poco en calor. Después de que esperé afuera un buen rato, llegó Manya con una nota de Asja que decía que se había equivocado y que el espectáculo era el sábado, no el viernes. Con la ayuda de Manya, compré velas. Tenía los ojos muy inflamados por la luz de las velas. Con la intención de ganar algo de tiempo de trabajo, no fui a Dom Herzena (que, de todos modos, seguramente haya estado cerrado hoy); almorcé en el barrio Stolovaia. La comida era costosa pero no estaba mal. Una vez de regreso en mi habitación, no trabajé en el artículo de Proust como había planeado[148] sino en la respuesta a un obituario desagradable e insolente que Franz Blei había escrito para Rilke[149]. Más tarde, le leí a Asja lo que le había escrito y sus comentarios me incitaron a reescribirlo esa misma noche y al día siguiente. Dicho sea de paso, Asja no se sentía bien. Más tarde, llevé a Reich al restaurante donde había almorzado yo. Él no había ido nunca. Luego, fuimos de compras. A la noche, se quedó conmigo en mi cuarto hasta aproximadamente las once y media; nos sumergimos en una conversación en la que nos turnamos para contar en detalle lo que recordábamos de las lecturas de la niñez. Él estaba sentado en el sillón; yo estaba acostado en la cama. Durante esa conversación, caí en la cuenta de que, por alguna extraña razón, ya desde niño leía cosas que no eran las que leía todo el mundo. Neuer deutscher Jugendfreund[150], de Hoffmann, fue prácticamente el único libro infantil típico de la época que leí. Por supuesto, junto con Lederstrumpf[151], la excelente serie de Hoffmann, y Sagen des klassischen Altertmus[152], de Schwab. Pero no leí más de un libro de Karl May[153] ni me resultan conocidos Kampf urn Rom o los cuentos del mar de Wörishöffer[154]. Y leí un solo libro de Gerstäcker[155], que seguramente narraba una historia de amor bastante apasionada (¿o la leí solamente porque había escuchado ese comentario de otro de los libros del autor?); para ser preciso, Regulatoren von Arkansas. También descubrí que todo mi conocimiento sobre el teatro clásico se remonta a mis días del club de lectura[156].
