Diario de Moscu
Diario de Moscu La escasez de vivienda aquí genera un efecto extraño: al revés que en otras ciudades, las calles a la noche están alineadas con casas grandes y pequeñas, casi todas con todas las luces prendidas. Si el brillo que sale de las ventanas no son muy desiguales, uno puede imaginarse como si estuviera viendo un trabajo de iluminación. Hay otra cosa que noté estos últimos días: no es sólo la nieve que posiblemente pueda hacer que uno sienta nostalgia por Moscú, sino también el cielo. En ninguna otra metrópolis tiene uno tanto cielo sobre su cabeza. Los edificios bajos contribuyen considerablemente a esto. En esta ciudad siempre se percibe el amplio horizonte de las estepas rusas. Algo nuevo y exquisito: un niño en la calle llevando un cartel con aves disecadas. Así que también venden este tipo de pájaros en las calles. Incluso más llamativo fue la procesión del funeral «rojo» que me crucé en la calle aquel día. El ataúd, el coche fúnebre, las riendas del caballo, todo era rojo. En otra ocasión vi un tranvía pintado con imágenes de propaganda política, lamentablemente pasé tan rápido que no pude ver los detalles. El grado al que lo exótico brota de la ciudad siempre es abrumador. En mi hotel, veo tantas caras mongoles como desee, todos los días. Pero recientemente había figuras sobresaliendo en la calle del hotel, vestidos de rojo y con sacos amarillos: sacerdotes budistas, según me informó Basseches. Están en Moscú para asistir a un congreso. Los cobradores en los tranvías, por otro lado, me recuerdan a los pueblos primitivos del norte. Se paran en su lugar del coche, cubiertos de pieles como mujeres samoyedas en sus trineos Me las arreglé para ocuparme de varios asuntos ese día. La mañana la dediqué a las preparaciones para mi partida. Estúpidamente hice que me sellaran las fotos del pasaporte, así que tuve que sacarme una foto a las apuradas por el fotógrafo del bulevar Strasnoi. Luego hice otras diligencias. La noche anterior, en lo de Rachlin, me puse en contacto con Illés y arreglé encontrarme con él en Narkompros. Después de algunos esfuerzos, lo localicé. Perdimos bastante tiempo yendo a pie desde el ministerio a Gosfilm, donde Illés debía hablar con Pansky. Recién caía en la infeliz idea de adquirir fotogramas de La sexta parte del mundo, de Gosfilm y transferí este pedido a Pansky. Después de esto, empezó a informarme detalles inimaginables: la película no debía ser mencionada en el exterior, su montaje contenía clips de películas extranjeras, su procedencia precisa no estaba siquiera clara y había que temer por las complicaciones. En resumen, estaba haciendo un gran problema del asunto. Luego procedió a apurar a Illés de la manera más vehemente posible para que trabajaran juntos en poner en marcha la filmación de Atentado. Pero Illés cortésmente se mantuvo en su rechazo a la propuesta, y finalmente pude tener una oportunidad de hablar con él en un café cercano (Lux). La conversación resultó ser tan productiva como yo esperaba: me proporcionó una descripción muy interesante de grupos contemporáneos de la literatura en Rusia, basada en las orientaciones políticas de varios autores. Inmediatamente me fui a ver a Reich. Nuevamente pasé la noche en lo de Rachlin, Asja me había pedido que viniera. Estaba absolutamente exhausto, así que tomé un trineo. Cuando llegué al piso de arriba, estaba la inevitable Ilyusha[160], que había salido a comprar una montaña de dulces. No había llevado nada de vodka, como Asja me había pedido; vino oporto era todo lo que tenía a mi disposición. Ese día, tal como los siguientes, tuvimos largas conversaciones telefónicas que me recordaban a las que teníamos en Berlín. Asja ama decir cosas importantes por teléfono. Me habló de su deseo de vivir conmigo en Grunewald y se enojó cuando le dije que eso no funcionaría. Esa fue la noche en la que Rachlin me dio la daga caucásica. Me quedé hasta que se fue Ilyusha: no estaba en el mejor humor. Luego se levantaron cuando Asja vino a sentarse conmigo en el sillón, el tipo de sillón en el que sientas espalda a espalda con la persona que está a tu lado. Pero se arrodilló en su asiento y se puso mi bufanda de seda Parísina. Desafortunadamente ya había cenado en casa, así que no podía disfrutar de muchos de los manjares dispuestos sobre la mesa.
