Diario de Moscu
Diario de Moscu Aventurado en el temprano, glorioso deshielo para explorar las calles a la derecha del Arbat, como hacía tiempo quería hacerlo. Así llegué a la plaza donde estaba antiguamente la perrera de los zares. Se conforma de casas bajas, algunas de las cuales tienen portales sostenidos por columnas. Pero erguidos entre éstas, de un lado hay unos edificios altos horribles, que eran nuevos. El «Museo de la Vida Cotidiana en los Cuarenta» está aquí: una casa baja, de tres pisos, cuyas habitaciones habían sido mantenidas con buen gusto con un estilo de un hogar burgués de aquel período. Tiene muebles hermosos con muchas reminiscencias al estilo de Louis Philippe, baúles, candelabros, espejos entre las ventanas, biombos (uno muy raro con vidrio grueso entre sus paneles de madera). Todos los ambientes fueron arreglados como si todavía estuvieran habitados, tirados sobre las mesas o colgados de las sillas aparecían papeles, notas, batas y chales. De hecho no toma casi nada de tiempo atravesar toda la casa. Para mi sorpresa, no había una habitación para niños (tampoco juguetes). Quizás las salas de juego no existían, ¿o faltaba? ¿O estaba en el piso superior cerrado? Luego caminé por las calles aledañas un poco. Finalmente me encontré de vuelta en el Arbat, me detuve en el puesto de libros y encontré uno de Victor Tissot, publicado en 1882, La Russie et les Russes. Lo compré por veinticinco kopeks, pensando que quizás me proveería de algunos hechos y nombres que podrían ayudarme a tener una idea de Moscú y servirían para el artículo sobre la ciudad, que estaba planeando. Dejé el libro en casa y me fui a ver a Reich. Nuestra conversación fluyó con más suavidad esta vez; me había jurado que no dejaría que ninguna tensión se desarrollara. Hablamos sobre Metrópolis[162] y su pobre recepción en Berlín, al menos entre los intelectuales. Reich responsabilizó por este experimento fallado a aquellos intelectuales cuyas exageradas expectativas provocaban este tipo de empresas peligrosas. No estaba de acuerdo. Asja no llegó (aparecería a la noche). Pero Manya estuvo allí un rato. Luego Dasha, una pequeña judía americana, también estaba en la habitación, donde vive y cocina para Reich. La encontraba bastante atractiva. Las chicas estaban hablando yiddish, pero no pude descifrar qué decían. Cuando volví a casa, llamé a Asja y le pedí que pasara cuando volviera de lo de Reich. De hecho, lo hizo. Estaba bastante cansada e inmediatamente se fue a la cama. Al principio tenía vergüenza y apenas podía hablar por miedo a verla levantarse de repente e irse. Salí de mi sábana grande que Bartram me había dado y se la mostré. Luego discutimos sobre el domingo: prometí que por supuesto la acompañaría a ver a Daga. Nos besamos de nuevo y hablamos de vivir juntos en Berlín, de casarnos, de tomar aunque sea un viaje juntos. Asja dijo que nunca hubo otra ciudad tan difícil de dejar como Berlín, ¿esto tenía que ver conmigo? Los dos nos tomamos un trineo hasta lo de Rachlin. No había suficiente nieve en Tverskaya para permitir que el trineo prosiguiera a cualquier velocidad. El progreso mejoró en las calles aledañas: el conductor tomó una ruta que yo no conocía, pasamos por una casa de baños y vi una esquina maravillosa de Moscú. Asja me contó sobre las casas de baños; yo ya sabía que funcionaban, en realidad, como centros de prostitución, como en la Alemania medieval. Le conté sobre Marsella[163]. No había más visita en lo de Rachlin cuando llegamos, un poco después de las diez. Hacía una noche hermosa y silenciosa. Ella me contó todo tipo de detalles sobre los archivos. Entre otras cosas, que había descubierto que los pasajes cifrados en la correspondencia entre algunos de los miembros de las familias de zares, contenían la pornografía más inimaginable. Discutimos sobre si ésto debía ser publicado o no. Entendí la observación de Reich que Rachlin y Manya pertenecían a la categoría de comunistas «morales» que siempre toman una posición central y que nunca concebirán la posibilidad de una realmente «política». Me senté en un sillón amplio, apretado contra Asja. Nos sirvieron galletas con leche y té. Me fui alrededor de las once menos cuarto. Incluso a la noche, el clima estaba maravillosamente cálido.
