Discursos interrumpidos I

Discursos interrumpidos I

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Engels se rebela contra dos cosas: por un lado contra la costumbre de presentar en la historia del espíritu todo dogma nuevo como desarrollo de uno anterior, una nueva escuela literaria como reacción a la precedente, un nuevo estilo como superación de otro más antiguo; pero también se alza de manera patente e implícita contra el hábito de representar dichas nuevas hechuras desligadas de su repercusión sobre el hombre y su proceso de producción tanto espiritual como económico. Que así es como se frustra la ciencia del espíritu en cuanto historia de las constituciones estatales o de las ciencias de la naturaleza, de la religión o del arte. Pero la fuerza explosiva de estas ideas, que Engels llevó consigo medio siglo, cala más hondo[37]. Pone en cuestión la clausura de los sectores y de sus hechuras. Así en lo que concierne al arte, su clausura y la de las obras que su concepto pretende abarcar. Para el que se ocupa de ellas en cuanto dialéctico histórico, integran estas obras tanto su prehistoria como su historia sucesiva —una historia sucesiva por virtud de la cual se percibe también su prehistoria en tanto implicada en una transformación constante—. Le enseñan que su función sobrevive a su creador; también le enseñan cómo dar la espalda a sus intenciones; cómo la acogida por parte de sus contemporáneos es un componente de la repercusión que la obra artística tiene sobre nosotros; y cómo este efecto se funda no sólo en el encuentro con ella, sino además con la historia que le ha permitido llegar hasta nuestros días. Veladamente, según es frecuente en él, lo revela así Goethe cuando en la conversación sobre Shakespeare le dice al canciller von Müller: «Todo lo que ha ejercido una influencia grande, no puede ya ser enjuiciado». Ninguna otra frase es más adecuada para evocar la inquietud que constituye el comienzo de esa consideración de la historia que tiene derecho a llamarse dialéctica. Inquietud por la exigencia que se hace al investigador para que renuncie a la actitud tranquila, contemplativa frente a su objeto, para hacerse consciente de la constelación crítica en la que dicho fragmento del pasado se encuentra precisamente con el presente. «No se nos escapará la verdad». Esta frase de Gottfried Keller designa en el cuadro histórico del historicismo el lugar preciso en el que éste es derrotado por el materialismo histórico. Sería una imagen irrecuperable del pasado la que amenaza con desaparecer con cualquier presente porque éste no se reconoce mentado en él.


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