Cartas de amor
Cartas de amor SEÑORA:
Muy lejos de haber perdido el corazón ante vuestra visión, como predican los apasionados del siglo, me encuentro desde aquel día convertido en un hombre mucho más honrado. Mas ¿cómo es que os perdí también a vos? Como si temiera no ser suficiente para encajar todos vuestros golpes, lo sentí palpitar como un acceso en todas mis arterias: era el pequeño celoso, que se reproducía indivisible en cada átomo de mi carne para ocupar él solo mi cuerpo entero, y participar sólo él del honor de ser herido por vos.
Tampoco diré de ningún modo, como hace el vulgo, que sois un basilisco ni que vuestros ojos me mataron[42]. Ninguna de vuestras armas salió de vuestra vista y ninguna entró por la mía. Cuando vuestra boca me hechizaba, era mi oreja la que aportaba el veneno. Cuando fui provocado por el amable dulzor de vuestra piel bien formada, me condenaba al fuego al tratar de apartar mis manos de ella.
