Cartas de amor
Cartas de amor SEÑORA:
El mal que sufro por vos seguro que no es la muerte; sin embargo, siempre muero tras haberos visto. Ardo, tiemblo, mi pulso se desajusta; ¿será la fiebre? Ay, que no es el caso, pues se la define como una desproporción enfrentada de las cualidades del animal y es la perfecta armonía de nuestros temperamentos la que me ha puesto enfermo.
Cuando os veo, me parece estar contemplando lo bello, a la búsqueda de lo que la Naturaleza mueve a todos los hombres. Cuando hablasteis grité «¡Voilà!», pues he querido decirlo tantas veces que mi corazón soplaba desde las entrañas, golpeaba contra los muros de su prisión y maldecía al Cielo quien, dándole el deseo y los medios de reconocer su mitad, le negaba el poder unirse a ella después de haberla encontrado. Sin embargo, este pequeño soberano se ha contrariado de tal forma al no encontrarse en su imperio, que me rehúsa sus funciones. Para el movimiento de mis pulmones sólo toma combustible de mi hígado por miedo de enfriarse; por todas partes envía su hiel y si permanezco aún tres días más en este estado, acaso se vea mi cuerpo iluminarse en mitad de las calles. Estoy tan seco, que la menor chispa que me toque prende en mí.
