La fábula de las abejas
La fábula de las abejas El lector atento que haya visto detenidamente la parte precedente de este libro al punto advertirá que no puede haber dos sistemas más opuestos que el de Su Señoría y el mío. Admito que sus ideas son generosas y refinadas, altamente halagüeñas para el género humano y capaces, con un poco de entusiasmo, de inspirarnos los más nobles sentimientos hacia la dignidad de nuestra levantada naturaleza. Lástima que no sean acertadas. Si no hubiese demostrado yo, casi en cada página de este tratado, que su solidez es inconciliable con nuestra diaria experiencia, no diría lo que afirmo; pero, para no dejar ni la sombra de una objeción sin contestar, me propongo ampliar algunas cosas que hasta aquí sólo he esbozado someramente, con el prepósito de convencer al lector, no sólo de que no son las cualidades buenas y amables del hombre las que le hacen superior, como criatura sociable, a otros animales, sino, además, de que sería de todo punto imposible educar a las multitudes de una nación rica, populosa y floreciente, o una vez educadas mantenerlas en tal condición, sin ayuda de lo que llamamos el mal, tanto natural como moral.