La fábula de las abejas
La fábula de las abejas HORACIO Ese hombre no es un salvaje o una criatura indocta; es apto para ser un juez de paz.
CLEÓMENES PermÃtame que prosiga. Voy a leer sólo este párrafo: y a medida que cada uno de ellos crece y está en disposición de subvenir al común sustento, les enseña, por la palabra y el ejemplo, lo que tienen que hacer como hijos de su familia y lo que tendrán luego que hacer como cabezas de otra, mostrándoles las cualidades que son buenas y las que son malas para su salud y vida o para la sociedad, común (que encerrará ciertamente dentro de ella lo que se estima generalmente entre los hombres como virtud o vicio), fomentando y alentando la disposición hacia el bien, persiguiendo y castigando la que tienda al mal; y, finalmente, entre los varios accidentes de la vida, levantando sus ojos al cielo cuando la tierra no le proporcione consuelo y recurriendo a una más alta y más grande naturaleza siempre que reconozca la fragilidad de la propia. Con todo ello podremos concluir que los hijos de este hombre no podrán dejar de criarse sin tener una gran opinión acerca de la sabidurÃa, bondad, valor y piedad de su padre. Y si ven en la familia una constante abundancia, creerán también en su buena fortuna.
HORACIO ¿Ha surgido este hombre de la tierra o ha caldo del cielo?
CLEÓMENES No es nada absurdo suponer-----