El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras La noche del 20 de noviembre fue borrascosa. Un tremendo vendaval sacudió los campos, azotándolos con una desoladora ventisca de nieve. Enormes árboles fueron arrancados de raíz y arrojados sobre los caminos. Nunca se había conocido en toda aquella región una noche tan tormentosa, aunque a la mañana siguiente el vendaval había amainado y amaneció un día claro y soleado. Hacia las ocho de la mañana, el reverendo Henry Galbraith, un conocido y muy estimado pastor luterano, llegó andando a su casa, que estaba a milla y media de la casa de Deluse. Mr. Galbraith venía de pasar un mes en Cincinnati. Había subido por el río en un vapor y, después de desembarcar en Gallipolis la tarde anterior, había conseguido una calesa y se había puesto en camino hacia su casa. La violencia de la tormenta le había retrasado toda la noche y por la mañana los árboles caídos le habían obligado a abandonar su medio de transporte y continuar el viaje a pie.
—Pero ¿dónde has pasado la noche? —le preguntó su esposa, una vez que había relatado su aventura brevemente.
—Con el viejo Deluse en la «Isla de los Pinos[1]» —fue su alegre respuesta—, y resultó bastante triste. No puso ninguna objeción a que me quedara, pero no conseguí que dijera una palabra en toda la noche.