El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras —Vi una luz que se movía en el interior de la casa, y como no podía ver casi nada a causa de la nieve y, además, estaba medio congelado, me dirigí hacia la entrada y dejé mi caballo en el viejo establo, donde permanece todavía. Entonces llamé a la puerta. Al no recibir respuesta, entré. La habitación estaba a oscuras, pero tenía cerillas; encontré una vela y la encendí. Intenté entrar en la habitación de al lado, pero la puerta estaba atascada. El viejo no respondía a mis llamadas, aunque yo oía sus fuertes pisadas en el interior. No había fuego en la chimenea, de modo que hice uno, me eché en el suelo (sic) delante de él, apoyé la cabeza sobre el abrigo y me dispuse a dormir. Unos instantes después, la puerta que había intentado abrir cedió lentamente y el viejo entró con una vela en la mano. Me dirigí a él en tono amable, pidiéndole excusas por mi intromisión, pero no me prestó atención alguna. Parecía buscar algo, aunque sus ojos estaban inmóviles en sus órbitas. Tal vez andaba en sueños. Hizo un recorrido alrededor de la habitación y se fue de la misma manera que había entrado. Regresó a la habitación dos veces más antes de que me durmiera, actuando exactamente del mismo modo, y marchándose de nuevo como la primera vez. En los intervalos le oí deambular por la casa, pues sus pisadas resultaban claramente perceptibles cuando la tormenta aflojaba. Al despertar por la mañana ya se había ido.