El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras En uno de aquellos días en que la agitación predominaba, Saylor se presentó en la redacción del Commercial para recibir instrucciones. Se le entregó una nota del directo; que decía lo siguiente: «Vaya a pasar la noche solo en la casa encantada de la calle Vine y si ocurre algo interesante redacte dos columnas». Saylor obedeció a su superior: no podía permitirse el lujo de perder su puesto en el periódico.
Después de informar a la policía de sus intenciones, se introdujo en la casa por una ventana trasera antes del anochecer, recorrió las habitaciones desiertas, sin muebles, cubiertas de polvo y desoladas y, sentado en el salón sobre un viejo sofá que había llevado arrastrando desde otra habitación, observó cómo la oscuridad se imponía a medida que avanzaba la noche. Antes de que todo estuviera a oscuras, en la calle se congregó, como siempre, una multitud curiosa, silenciosa y expectante, en la que algún que otro bromista hacía gala de su incredulidad y valentía profiriendo comentarios desdeñosos o gritos obscenos. Nadie tenía conocimiento del ambicioso observador del interior. No se atrevía ni a encender un fósforo; las ventanas sin cortinas habrían revelado su presencia, sometiéndole al insulto y posiblemente a los golpes. Además, era demasiado concienzudo para hacer algo que pudiera debilitar sus impresiones o alterar cualquiera de las condiciones acostumbradas en las que se decía que se producían los hechos.