El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras —No voy a someterme sin ser escuchado —dijo—. Puede que también haya poderes no malignos transitando por este maldito camino. Les dejaré una nota con una súplica. Voy a relatar los agravios y persecuciones que yo, un indefenso mortal, un penitente, un poeta inofensivo, estoy sufriendo. Halpin Frayser era poeta del mismo modo que penitente, sólo en sueños.
Sacó del bolsillo un pequeño cuaderno rojo con pastas de piel, la mitad del cual dedicaba a anotaciones, pero se dio cuenta de que no tenÃa con qué escribir. Arrancó una ramita de un arbusto y, tras mojarla en un charco de sangre, comenzó a escribir con rapidez. Apenas habÃa rozado el papel con la punta de la rama, una sorda y salvaje carcajada estalló en la distancia y fue aumentando mientras parecÃa acercarse; era una risa inhumana, sin alma, tétrica, como el grito del colimbo solitario a media noche al borde de un lago; una risa que concluyó en un aullido espantoso en sus mismos oÃdos y que se fue desvaneciendo lentamente, como si el maldito ser que la habÃa producido se hubiera retirado de nuevo al mundo del que procedÃa. Pero Frayser sabÃa que no era asÃ: aquella criatura no se habÃa movido y estaba muy cerca.