El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras La aparición del bosque —esa cosa tan parecida y, sin embargo, tan distinta a su madre— era horrible. No despertaba ni amor ni anhelo en su corazón; tampoco le traÃa recuerdos agradables de los dÃas felices. En resumen, no le inspiraba ningún sentimiento especial, pues cualquier emoción quedaba ahogada por el miedo. Intentó volverse y huir pero las piernas no le obedecieron: ni siquiera podÃa levantar los pies del suelo. Los brazos le colgaban inertes en los costados; sólo conservaba el control de los ojos y no se atrevÃa a apartarlos de las apagadas órbitas del espectro, del que sabÃa que no era un alma sin cuerpo, sino lo más espantoso que aquel bosque hechizado podÃa albergar: ¡un cuerpo sin alma! En su mirada vacÃa no habÃa amor, piedad o inteligencia alguna, nada a lo que apelar. «No ha lugar a apelación», pensó, rememorando absurdamente el lenguaje profesional tiempo atrás aprendido. Pero de su ocurrencia no se dedujo ningún alivio.
