El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras »La exclamación de mi hijo me obligó a dirigir la mirada hacia el lugar en el que había visto al difunto (sic) un instante antes, pero ya no estaba allí, ni en ningún otro sitio visible. No puedo afirmar que en aquel momento estuviera muy sorprendido, ni que fuera consciente de la gravedad de la situación, aunque la consideré extraña. Mi hijo, sin embargo, estaba muy asombrado y siguió repitiendo la pregunta de diversas maneras hasta que llegamos a la verja. Mi cochero negro, Sam, también se encontraba muy afectado, incluso en mayor grado, pero tuve más en cuenta la actitud de mi hijo que lo que el otro pudiera haber observado. (Esta frase aparecía tachada en la declaración). Cuando bajamos del carruaje, y mientras Sam colgaba (sic) el tiro a la valla, Mrs. Williamson, con su pequeño en brazos y seguida de varios criados, venía corriendo por el paseo, muy excitada y gritando “¡Se ha ido! ¡Se ha ido! ¡Oh, Dios mío! ¡Es horrible!” y otras exclamaciones parecidas que ahora no recuerdo con claridad. Me dio la impresión de que se referían a algo más que a la mera desaparición de su marido, aun cuando ésta hubiera ocurrido ante sus propios ojos. Su actitud era alocada, aunque no más, creo, de lo normal en aquellas circunstancias. No tengo razones para pensar que en aquel momento hubiera perdido la cabeza. Desde entonces nunca he vuelto a ver ni a saber nada de Mr. Williamson.