El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras En un tramo que hay entre Auburn y Newcastle, siguiendo en primer lugar la orilla de un arroyo y luego la otra, la carretera ocupa todo el fondo de un desfiladero que está en parte excavado en las pronunciadas laderas, y en parte levantado con las piedras sacadas del lecho del arroyo por los mineros. Las colinas están cubiertas de árboles y el curso del rÃo es sinuoso.
En noches oscuras hay que conducir con cuidado para no salirse de la carretera e irse al agua. La noche de mi recuerdo habÃa poca luz, y el riachuelo, crecido por una reciente tormenta, se habÃa convertido en un torrente. VenÃa de Newcastle y me encontraba a una milla de Auburn, en la zona más oscura y estrecha del desfiladero, con la vista atenta a la carretera que se extendÃa por delante de mi caballo. De pronto, y casi debajo del hocico del animal, vi a un hombre; di un tirón tan fuerte a las riendas que poco faltó para que la criatura quedara sentada sobre sus ancas.
—Usted perdone —dije—, no le habÃa visto.
—No se podÃa esperar que me viera —replicó con educación el individuo mientras se aproximaba al costado de la carreta—; y el ruido del desfiladero impidió que yo le oyera.
Aunque habÃan pasado cinco años, reconocà aquella voz enseguida. No me agradaba especialmente volver a oÃrla.
