El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras —¿Qué es esta insensatez, maldito diablo? —inquirà con fiereza, a pesar de que me temblaban todos los miembros.
—Es lo que algunos gustan llamar malabarismos —contestó con una sonora carcajada.
Se metió por la calle Dupont y no le volvà a ver hasta que me lo encontré en el desfiladero de Auburn.
No vi al Dr. Dorrimore al dÃa siguiente de mi segundo encuentro con él: el recepcionista del hotel me dijo que una ligera enfermedad le tenÃa confinado en sus habitaciones. Aquella tarde, en la estación de ferrocarril, me vi sorprendido y complacido por la inesperada llegada de Miss Margaret Corray y su madre, que venÃan de Oakland.
Esto no es una historia de amor. No soy un cuentista, y un sentimiento como el amor no puede ser descrito en una literatura dominada y cautivada por la tiranÃa degradante que «condena a las letras» en nombre de la Joven. Bajo el marchito reinado de la joven, o mejor dicho, bajo el gobierno de esos falsos Ministros de la Censura que se han nombrado a sà mismos custodios de su bien, el amor
cubre con un velo sus sagrados fuegos,
e, ignorante, la Mora, expira,
famélica sobre la comida pasada por el tamiz y sobre el agua destilada de unas provisiones melindrosas.
