El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras —Ahora vosotros, las torpes gentes del Este, no queréis creer nada que vaya en contra de los diablos amarillos —estalló de repente con un tono de seriedad no del todo convincente—, pero te aseguro que aquel chino era el canalla más infame que puedes encontrar fuera de San Francisco. Aquel miserable mogol con coleta empezó a horadar los árboles jóvenes alrededor del tronco, como un gusano que royera un rábano. Le indiqué su error con toda la paciencia que pude y le enseñé cómo talarlos sólo por dos lados para que cayeran derechos; pero en cuanto le volvÃa la espalda, asà —dijo volviéndome la espalda y reforzando su explicación con un nuevo trago de licor—, volvÃa a las andadas. OcurrÃa del siguiente modo: mientras le miraba, asà —explicó mirándome de forma un tanto insegura y con problemas evidentes de visión—, todo estaba bien; pero cuando apartaba la vista, asà —añadió echando un buen trago de la botella—, me desafiaba. Entonces le miraba con cara de reproche, asÃ, y parecÃa que nunca hubiera roto un plato.