El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras Holt estaba asombrado —«pasmado» es la palabra que empleó— aunque parecía conservar una cierta sensatez curiosa. Para comprobar la intensidad de aquel fenómeno cuya naturaleza y origen desconocía, se quitó el reloj e intentó distinguir los números de la esfera. Se veían con claridad y las agujas señalaban las once y veinticinco. En aquel instante la luz misteriosa emitió un intenso destello, casi cegador, y todo el cielo enrojeció; las estrellas se apagaron y su desfigurada sombra salió disparada por el paisaje. Junto a él, aunque a un nivel considerablemente más elevado, estaba la figura de su mujer que, en camisón, abrazaba a su hijo contra el pecho. Le miraba con una expresión que, como más tarde reconocería, era incapaz de describir, pues no parecía de este mundo.
El destello momentáneo fue seguido por una repentina oscuridad en la que aún se podía distinguir la aparición blanca e inmóvil; luego, desapareció lentamente como ocurre con las imágenes que permanecen en la retina después de cerrar los ojos. Más adelante, el señor Holt recordaría algo que apenas había advertido en aquel momento: sólo pudo ver la mitad superior de la figura.
La oscuridad no era absoluta, pues todos los objetos que le rodeaban se fueron haciendo visibles gradualmente.